Una cosa es segura: tras leerme este librote, no volveré a ver la literatura rusa del mismo modo (que ahora me parece incluso ingenuo) que antes.
Aunque escrito hace más de cincuenta años (con la mirada de quien observa una URSS aún floreciente), es definitivamente el relato más completo, complejo e interesante que he podido leer sobre cultura rusa, y lo más peculiar que he podido encontrar en él es quizás su forma de exponer temas que por principio podrían parecerme no muy interesantes (o hasta repelentes) de un modo tan claro, ecuánime y hasta ameno, que pese a la densidad de sus páginas continué y continué leyendo, terminé de leer y volví al principio releyéndolo por completo.
Con todo, hubo más de un momento en que me pregunté muy seriamente por qué demonios es que seguía leyendo esto pues, hasta bien entradas las primeras cuatrocientas páginas, más parece una historia religiosa, o una historia de la iglesia ortodoxa rusa, o una historia de la demencia religiosa en Rusia… pero es que un poco eso es justo lo que es: el relato detallado de cómo una interminable serie de dementes religiosos formaron el estado ruso moderno y las múltiples y variadísimas formas en que eso forjó, alimentó, influenció y desarrolló su cultura hasta el día de hoy, y no sólo el “hoy” que el autor contemplaba a mediados de los sesenta cuando escribió el libro sino quizá también hasta el hoy a casi treinta años del deceso de la URSS (en que una curiosa mezcla de zar y secretario general del PC disfrazado con un manto democrático gobierna desde el trono de Moscú).
El fermento original, la sustancia primigenia, la madre tierra eterna en que nació la peculiar cultura de los rus permea y sale a la superficie una y otra vez pese a que se intente reprimirla, a veces quizá resurge precisamente porque se intenta tan insistentemente reprimirla, y para bien y para mal y sólo porque sí ha moldeado a sus grandes figuras, los gigantes por todos conocidos (Tolstói, Dostoievski, Chéjov) y muchos otros apenas conocidos fuera de Rusia pero que fueron tan determinantes en su desarrollo político y cultural interno como los gobernantes en turno.
El libro apenas toca la historia político-militar, cuando hace falta, y por lo mismo quizá resulte algo impreciso para quien no tenga al menos un conocimiento mínimo de la historia general rusa, y aún así, como bien se lamenta el autor, le es imposible abarcarlo todo, no se puede detener demasiado en cada uno de los personajes o actores mayores de su historia, si bien para eso, para profundizar aún más en ellos, ahí están las obras mismas que aquéllos dejaron atrás y a las que siempre es posible volver.
Es como hacer un recorrido por un museo repleto de obras maestras con un guía supercapacitado, que te indica, muestra y enriquece lo que miras, resaltando los matices, todo aquello que por ti mismo, neófito, apenas habías notado, dándole un carácter mucho más variado, múltiple y profundo.
Por desgracia, el que el libro fuera escrito hace tanto tiempo hace que el relato se quede corto, corto en el sentido de que no puede hablar del desarrollo cultural contemporáneo, del día de hoy a comienzos del siglo XXI, ni siquiera de finales del siglo XX, y de ahí que el autor no tenga idea aún del rico tesoro de obras y autores que sólo fue posible conocer al abrirse los archivos de la fallecida URSS… un evento que, por cierto, reivindica justo eso que el autor escribió en la parte última del libro sobre lo irónico de la historia rusa, la forma en que los acontecimientos acaban desarrollándose pese a toda la planificación y sujeción de los gobiernos, y que a veces, como en una mala novela, ocurren en un abrir y cerrar de ojos sin que nadie lo hubiera podido prever.
Para cualquiera interesado en la cultura rusa, o la literatura rusa, o la cultura en general, este libro es una joya.