El veinteañero que fui admiraba a Larra por "El día de difuntos de 1836", uno de esos textos canónicos del credo romántico decimonónico. Sus artículos de costumbres han estado mucho tiempo cogiendo polvo en mi bilioteca, y por un impulso —como suele suceder— me puse por fin a leerlos. Esta cercanía espiritual con el autor y la ambientación madrileña de muchos de los artículos me parecieron tela de sobra para un paracaídas con el que acometer la lectura.
Son cuarenta y dos artículos los que componen la antología de F. Díaz Larios que cayó en mis manos, una de las más extensas disponibles. Desde el inicio, tenía claro que lo que quería responder era: ¿Merece la pena leer a Larra en 2023? Dejando a un lado el interés histórico, la pregunta que motivaba esta empresa se puede responder afirmativamente, si bien es cierto que no todo vale y hace falta una selección minuciosa para acercar a Larra al presente. Ya probó Francisco Umbral hacer la suya, un tomo muy ligerito que sea quizá el que más estanterías llene en las bibliotecas particulares.
Creo que lo más valioso que puede aportar esta reseña es una lista concreta de artículos, aquellos que aún siguen vigentes y pueden leerse en nuestros tiempos como si hubieran salido ayer mismo de la imprenta. Bien por la universalidad del tema, bien por capturar algo de la esencia de la sociedad española, para mí son dieciséis los que, en el mejor de los casos, podrían rescatarse. Ocho de estos, la mitad, los considero ineludibles. Allá van:
"El castellano viejo" hace un retrato inmortal del español medio en torno a la amistad y las celebraciones familiares. Con una reflexión de cierre directa al hígado.
"Las casas nuevas" se puede leer hoy mismo en relación al problema de los alquileres, especialmente en el centro de las grandes ciudades. Desternillante.
"Don Timoteo o el literato" es un retrato clásico del español que sabe y opina de todo, sin hacer méritos en ninguna de las dos disciplinas.
"La planta nueva o el faccioso", leído en clave política, está hoy en día más en boga que nunca con los populismos.
"Nadie pase sin hablar al portero o los viajeros en Vitoria". De todas las que selecciono es la que más componente histórico tiene; no obstante es tan, tan divertida, y funciona tan bien para describir el absurdo de los fanatismos, que la incluyo entre mis favoritas.
"La diligencia" es una escena de lo más divertida en torno a la gente que viaja.
"El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio" es un texto inmortal, antesala del Romanticismo que vendría después.
"La Nochebuena de 1836. Yo y mi criado. Delirio filosófico" se puede leer como carta de despedida de Larra. Una reflexión que va más allá de las clases sociales y alude a la felicidad del individuo.
Los otros ocho artículos que seleccionaría para mi antología personal de Larra son los siguientes. Me han gustado especialmente, aunque hay un componente más íntimo en su elección:
"Empeños y desempeños", sobre cómo la sociedad se endeuda para dar una imagen de opulencia que no es real. Muy actual.
"Yo quiero ser cómico", retrato de trepas y vagos.
"¿Entre qué gentes estamos", muy similar al famoso "Vuelva usted mañana", pero mejor.
"La sociedad", artículo en el que de nuevo se habla de las apariencias y lo ponzoñoso de la vida social.
"Un reo de muerte", acerca de la pena de muerte. Hoy lo proyecto al morbo dócil de Occidente por la violencia.
"Una primera representación" es una divertidísima sátira sobre el teatro popular, que hoy serviría para ilustrar cómo funciona el contenido consumido por las masas.
"Los calaveras" son dos artículos en los que Larra hace un bosquejo de las diversas tipologías del fanfarrón español.
Si lo que valoro es el tomo que me he leído, dos estrellas serían más que suficientes por todo el relleno que me he tenido que tragar. A mi selección le daría cuatro estrellas. Como una está dentro de la otra, quiero ser benevolente y me decanto por el justo medio.