Este libro fue uno de mis autoregalos de mi cumpleaños 27 y que bonito fue encontrarlo en la librería. Cuando lo empece a leer me sentía como una intrusa al inmiscuirme en la privacidad que denota la correspondencia entre mi querida Rosario Castellanos y Raúl Ortiz uno de sus mejores amigos; sobre todo cuando había pasajes que la familia había decidido no publicar o cuando se hablaba de la afectada salud mental de Rosario. Pero ya por ahí de la mitad mi sentir fue cambiando a algo más positivo.
Me sentía tan afortunada de poder conocer una faceta de Rosario, que su literatura por más maravillosa que sea no alcanza a darnos a conocer a sus fieles lectoras. Me refiero al sentir de cercanía con la propia Rosario, yo me sentía tan amiga suya al leer sus cartas como el propio Raúl Ortiz. Pude conocer que tipo de películas, obras de teatro le gustaba ver, a que ciudades se fue de vacaciones junto con su hijo Gabriel, las diligencias y empresas a las que tuvo que enfrentarse como embajadora de México en Israel, su cariño por la docencia labor que aunque disfrutó mucho también le ocasionó mucho cansancio, estrés y ser víctima de la grilla de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Conocer el enorme gozo que le daba comer papdzules, plato típico de la comida yucateca, mi hizo apuntarlo hasta arriba en mi lista de comida mexicana que quiero conocer
Esta lista puede seguir de forma interminable. Solo me queda decir que si te gusta la vida y obra de Rosario este es un libro que no te puedes perder. Y que al leerlo me hizo sentir mucho más cerca de ella.
No puedo esperar a leer sus cartas con Ricardo Guerra, aunque sé que voy a sufrir por ella y terminaré odiándolo a él