En occidente no tenemos la misma concepción del arte que en oriente. Para empezar, allí son más abiertos. Están menos obsesionados con la técnica. Donde aquí el arte se juzga a través de su perfección formal, allí la imperfección, el rito y la intencionalidad siempre han tenido más valor que la impecable demostración técnica del artesano. En otras palabras, artista es quien consigue llegar al corazón de lo que representa. El que es capaz de desvelar aquello que estaba oculto. Porque autor es quien canaliza la naturaleza, imita su forma de actuar y le da forma; la técnica, al final, es algo que llega con la práctica.
Por eso, en oriente, no tienen la obsesión que tenemos nosotros con la perfección o la libertad: al imitar la naturaleza, al estar atados a las leyes invisibles de lo natural, nuestra única aspiración es la de la naturaleza. Que es la imperfección y la revelación sutil de las cosas.
Usamaru Furuya no es una excepción entre los japoneses. Y nos lo demuestra en
La música de Marie
presentándonos una distopía desde una visión completamente ajena a la occidental: desde el supuesto de que, tal vez, la libertad esté sobrevalorada.
Con un dibujo excepcional, un diseño de personajes cuidado y un preciosismo que le lleva a fijarse incluso en los más nimios detalles de la ropa o los engranajes que sostienen en pie el mundo de imaginación y fraternidad donde transcurren las quinientas páginas de este manga, Furuya hace una obra netamente japonesa. A saber: interesada en el papel de la naturaleza, preguntándose desde todas las perspectivas posibles la adecuación o no de las preguntas éticomorales que formula —que es, en resumidas cuentas, «¿es legítimo no permitir que la humanidad pueda avanzar de un determinado estadio tecnológico si con ello se puede conseguir la paz mundial?»— y no ciñéndose a las ideas de perfección de occidente.
Porque en el dibujo de Furuya pesa mucho la espontaneidad. El intento. El saltarse por el forro de los cojones las reglas clásicas de la perspectiva, la composición o el dibujo si, con ello, puede conseguir insuflar de sentimiento a la escena.
Esa es, también, la razón por la que es excepcional. Porque La música de Marie no se conforma con las respuestas fáciles. ¿Vale la libertad del hombre el asesinato, el hambre y el genocidio? ¿Es el arte algo que se pueda resumir en «bien o mal hecho» siguiendo reglas estrictas, en vez de atenerse a la pretensión de cada obra en particular? Yendo más allá, ¿es acaso libertad «hacer lo que quiera cada cual» en vez de ajustarse a los límites de la naturaleza, intentando encontrar aquellos lugares donde desborda, pudiendo crear algo nuevo, insospechado y mágico?
Esas son las preguntas que parece hacerse Furuya. Y son las preguntas que se generan en el lector.
A fin de cuentas, La música de Marie es una preciosidad. Un mundo mágico y vibrante, lleno de detalles, además de una trama rica, compleja e inteligente, que, a pesar de su infinidad de símbolos y referencias sutiles, cualquiera con dos dedos de frente puede comprender con un mínimo de esfuerzo.
Pero además de todo eso también es una crítica a la idea de libertad occidental. Al concepto de utopía/distopía donde las cosas son buenas/malas sin plantearse en ningún momento que toda sociedad tiene ambigüedades, defectos y beneficios. Una obra con más dudas que certezas que, lejos de pontificar o pretender subrayar que es lo que está bien o está mal, explora todas las posibilidades, giro final incluido —aunque, más que giro, es una consecuencia lógica de lo que sólo se deja ver entrelineas—, de lo que implica no sólo ser libres, sino también ser humanos.
En resumen, una obra maestra del manga. Algo tan personal, único y perfecto, que sólo puede salir de la pluma de alguien como Furuya: un mangaka que se ha pasado años y años curtiéndose a través de infinidad de obras distintas.
Porque al final, esa es la única certeza. Que, exista o no un límite dado de antemano, quien no intenta siquiera entender la naturaleza, sus flujos y sus ritmos, jamás será capaz tampoco de encontrar sus límites. De empujarlos más allá. De revelarnos algo del mundo que jamás hubiéramos podido imaginar que sería así.