Ortega contrapone en este, en muchos momentos, brillante ensayo a la masa que define como persona inerte que se deja llevar y que emplea el mínimo esfuerzo en conseguir algo, ya que el mundo del recién iniciado siglo XX pone casi todo a su disposición. Por otro lado está la minoría, siempre dispuesta al esfuerzo y a mejorar en lo personal llegando incluso al ascetismo. Dado que esa inmensa mayoría, la masa, ha alcanzado merced a la democracia una serie de derechos nunca vistos en siglos anteriores, este colectivo se ha adueñado de los espacios culturales, los cuales se han adecuado a sus limitadas capacidades. Como ejemplo aduce la separación artista-público que se da en todas las artes durante el siglo XX. En música, que es lo que más conozco, en los mismos conservatorios no se trabajaba la llamada música contemporánea, que es aquella que no cae dentro de los cánones de la armonía tradicional.
Magnífico el capítulo dedicado a la especialización de la ciencia, donde nos encontramos con el sabio-ignorante, es decir, aquel que domina una pequeña parcela científica pero ignora casi todo lo demás.
El capítulo sobre el pacifismo aborda cuestiones como la inutilidad de desarmarse, ya que el conflicto, inherente al ser humano, ha de resolverse, por tanto no sirve solamente con desarmarse, sino que la guerra debe ser sustituida por algo. No sirve el concepto roussoniano de la bondad intrínseca del ser humano. Este sustituto, según Ortega, no parece que sean los tribunales internacionales o estamentos como la Sociedad de Naciones (hoy ONU) ya que desgraciadamente han demostrado sobradas veces su inutilidad y no han resuelto nada que no no se hubiese solucionado por vía diplomática. A pesar de estar escrito en 1938, parece absolutamente vigente. El razonamiento de que la esclavitud tuvo algo de humanitario ya que en otro tiempo se habría producido el exterminio del inferior, colonizado, enemigo, etc., me parece muy fuerte.