Acostumbrados a que la mayoría de propuestas literarias vengan cargadas de toneladas de drama, horror, temblor y temor, es un alivio dar con algo tan extraño como esta novela. Si buscamos parentescos, estaría dentro del árbol genealógico de Swift, de Carroll, de Ionesco, de Gómez de la Serna o del Ferlosio de Alfanhuí.
La trama es lo de menos. El marco general, quiero decir. Matías Malanda es un funcionario al que le gusta jugar, como al autor. Jugar por el mero placer de jugar, pese a su edad y condición. También le gusta pensar de forma improductiva pero fascinante. El Ministerio para el que trabaja le encarga la realización de un proyecto. He aquí la premisa de la novela. Durante la tarea, conocemos a una serie de folclóricos personajes y participamos de las juguetonas e inesperadas reflexiones de Matías.
Unai Elorriaga devuelve al lector el placer del juego literario. Usa para ello una voz narrativa que recuerda a la de los cuentos infantiles, con repeticiones y alguna que otra incoherencia y absurdo. El mundo que esconde la novela es tierno, acogedor, mágico y cómico. No hay más transcendencia en él que la de la risa y el placer primario de la sorpresa.
Gracias por la valentía, señor autor.