• En la vida, en realidad, no hacemos más que cruzarnos con las personas. Con unas conversamos cinco minutos, con otras andamos una estación, con otras vivimos dos o tres años, con otras cohabitamos diez o veinte. Pero en el fondo no hacemos sino cruzarnos (el tiempo no interesa), cruzarnos y siempre por azar. Y separarnos siempre.
• No creo que para escribir sea necesario ir a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es la única, la más grande aventura. El empapelado de un muro que vimos en nuestra infancia, un árbol al atardecer, el vuelo de un pájaro, aquel rostro que nos sorprendió en el tranvía, pueden ser más importantes para nosotros que los grandes hechos del mundo.
• Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas.
• Lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela.
• Las palabras que callamos eran las que deberíamos haber pronunciado. Los gestos que guardamos por pudor eran los que deberíamos haber cumplido. Los actos que nos parecieron triviales eran los que se esperaba de nosotros. Otros los hicieron en nuestro lugar. Paguemos ahora las consecuencias.
• Abandonar la partida en el juego medio, mandar todo al diablo, tirarle las puertas en las narices al mundo.
• En cada una de las letras que escribo está enhebrado el tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida, que otros descifrarán como el dibujo en la alfombra.
• Momentos de absoluta soledad, en los cuales nos damos cuenta de que no somos más que un punto de vista, una mirada.
• Por ello mismo, porque sabemos que la vida es fea, dura, cruel, pasajera, debemos tratar de preservar y glorificar esos momentos de gozo o de contento que se nos dan sin que los pidamos, confundidos generalmente con todo el desmonte de nuestro pan cotidiano.
• De serenos podemos convertirnos en agitados, de tolerantes en fanáticos, de ángeles en bestias. Estamos siempre expuestos a lo imprevisible. Nunca dejaremos de sorprendernos.
• Nosotros tenemos una concepción finalista de nuestra vida y creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así. La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles.
• Nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más.
• Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo de quien no es nuestro amigo. Amistad sentimiento solidario, amor solitario. Superioridad de la amistad.
• Me despierto a veces minado por la duda y me digo que todo lo que he escrito es falso.
• el guiso que me comí en el restaurante del pueblo es tan memorable como el teorema de Pitágoras.
• el hombre llegado a la novela desde la universidad y el que llega a ella desde la vida. El primero me molesta por su excesivo afán de mostrarse inteligente, el segundo por disimularlo y aparecer como el hombre vital que se caga en la tapa del órgano.
• El hombre que mientras cae al abismo tiene ánimo para admirar la rosa que florece entre las rocas.
• los seres —y el hombre, naturalmente— son simples receptáculos de la vida, que los utiliza como continentes. La vida está en los seres, pero los seres no son la vida.
• «Se casaron y fueron muy felices». Allí el narrador se detiene, pues ya no tiene nada qué decir. Donde empieza la felicidad, empieza el silencio.
• Somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente nos morimos sin que hayan sido pulsadas todas. Así, nunca sabremos qué música era la que guardábamos. Nos faltó el amor, la amistad, el viaje, el libro, la ciudad capaz de hacer vibrar la polifonía en nosotros oculta. Dimos siempre la misma nota.
• En la cadena biológica, o más concretamente en el curso de la humanidad, somos un resplandor, ni siquiera eso, un sobresalto, menos aún, una piedra que se hunde en un pozo, todavía algo más insignificante, un reflejo, un soplo, una arenilla, nada que salga del número o la indiferencia.
• El individuo no cuenta, sino la especie, único agente activo de la historia. Lo importante no es que Leonardo haya producido La Gioconda sino que la especie haya producido a Leonardo.
• Decir como los estoicos de la Antigüedad o los místicos orientales: «Nada tiene importancia», ni la vida ni la muerte, ni la riqueza ni la miseria, ni el placer ni el dolor, ni la gloria ni el fracaso.
• Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego terminantemente a recibirlo. Hay algo en él de turbio, de solapado, de mezquino, de hipócrita que me impide darle cabida.
• Mi capital de vida está ya gastado y estoy viviendo sólo al crédito. Crédito que me da el destino por distracción, por piedad, por curiosidad.
• Escribí dos cartas, salí a comprar algo para la comida, puse una cantata de Bach en el tocadiscos, tomé un vaso de vino, encendí un cigarrillo, me asomé al balcón para ver el atardecer y de pronto sentí caer sobre mí toda la tristeza del mundo.
• Un espejo roto, un cura, dos palomas muertas. Cosas que he visto en la calle cuando iba a la oficina. Cosas que para mí son símbolos, con mi terca costumbre de añadirle a las cosas una significación o inversamente extraer de ellas un mensaje.
• Al lado del carril de la vida, por donde todos andamos, hay una vía paralela, que eligen sólo los iluminados. Vía expresa, no se detiene en ninguna estación ni se deja tentar por las delicias del paisaje.
• Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era sólo formulación y saltar, sin la mediación de la voz, de la idea al signo.
• no hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible. Toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre. De ahí que ciertas tribus recolectoras de Australia, Nueva Guinea, Amazonía, hayan decidido no poseer nada, lo que, paradójicamente, no es un signo de pobreza, sino de riqueza. Eso les permite la movilidad, la errancia, es decir, lo que no tiene precio: la libertad.