mi nota es
9/10.
“Los olvidados”
de
Gonzalo Díaz
es una obra que me ha dejado una impresión indeleble. Me ha sorprendido especialmente que esta sea su primera novela, ya que desde la primera página demuestra una habilidad narrativa madura y un dominio del género que rivaliza con el de autores consagrados. La trama se centra en Lis Vázquez, una periodista que, tras recibir la llamada de un viejo amigo, regresa al pequeño y oscuro pueblo de Sempiterno, donde pasó parte de su adolescencia. Este retorno no es solo físico, sino emocional. Lis se enfrenta a las sombras de su pasado mientras indaga en una serie de desapariciones misteriosas que arrastran consigo secretos que el tiempo no ha conseguido enterrar.
Gonzalo Díaz
logra una ambientación magistral, anclada en un pueblo ficticio que parece un personaje en sí mismo, tan oscuro y opresivo como las vidas de sus habitantes. Sempiterno representa, en muchos sentidos, una prisión emocional para Lis, un lugar atrapado en el tiempo donde el horror se esconde detrás de una fachada de aparente normalidad. Este contraste entre la serenidad de un pequeño pueblo y la oscuridad de los secretos que oculta me resultó fascinante y sumamente inmersivo.
Un aspecto que encuentro fundamental es la estructuración de la novela.
Gonzalo Díaz
intercala capítulos en tercera persona que siguen la investigación de Lis y su peculiar compañero, Ned, con otros en primera persona, narrados por Abel, una víctima. Este cambio de perspectiva nos permite adentrarnos en la psique de los personajes de una manera impactante. Los capítulos de Abel, cortos y cargados de angustia, nos sumergen en su dolor y desesperación, logrando un efecto de inmersión absoluta. Esta dualidad narrativa me pareció un acierto rotundo, ya que no solo mantiene el interés, sino que añade una capa de tensión emocional que resulta casi tangible.
Los personajes principales, Lis y Ned, están construidos con una profundidad inusual. Lis es una periodista desencantada, arrastrada por su curiosidad y el deseo de exponer la verdad. Al principio, su carácter áspero y sus decisiones impulsivas pueden causar cierto rechazo, pero a medida que la trama avanza, vemos cómo sus experiencias y su lucha interna la transforman, convirtiéndola en una figura con la que es difícil no empatizar. Ned, el fotógrafo que la acompaña, añade un toque de humanidad y ligereza al relato, aunque también es un personaje complejo que lucha con sus propios demonios. La evolución de ambos personajes a lo largo de la historia es uno de los puntos fuertes de la novela, y el vínculo que desarrollan añade una dimensión emocional que enriquece la narrativa.
Uno de los temas centrales es la batalla entre el pasado y el presente. Lis debe enfrentarse no solo al misterio en curso, sino también a su propia historia no resuelta. El viaje a Sempiterno no es solo físico, sino un retorno a esos rincones oscuros de su alma que había preferido olvidar. La exploración de la identidad y la reconciliación con el pasado es, para mí, uno de los puntos más significativos y resonantes de la novela. A través de este proceso,
Gonzalo Díaz
plantea preguntas sobre cómo las experiencias no resueltas pueden definirnos y, a su vez, cómo enfrentarlas puede liberarnos.
La tensión narrativa es otro de los grandes logros de esta obra. La habilidad del autor para dosificar la información, dejando pistas aquí y allá sin revelar demasiado, crea un efecto adictivo en la lectura. El suspense está bien mantenido hasta el final, y aunque en ciertos momentos intuyes hacia dónde podría dirigirse la historia, el desenlace aún sorprende y deja una marca duradera. Los giros de la trama están perfectamente hilados y cierran de forma satisfactoria, lo que demuestra una planificación meticulosa por parte de
Gonzalo Díaz
.
Además, el estilo directo y visual de la prosa me resultó sumamente adecuado para la historia. La forma en que describe los escenarios y los estados emocionales de los personajes es precisa y evocadora, permitiendo al lector imaginar con facilidad los momentos de tensión y las atmósferas sombrías de Sempiterno y Malasaña.
Gonzalo Díaz
evita caer en florituras innecesarias, manteniendo un ritmo ágil que hace que el lector devore la novela sin apenas darse cuenta. No obstante, también se detiene en los momentos precisos para explorar el aspecto psicológico de los personajes, equilibrando la acción con la introspección.
Por último, quisiera destacar el valor simbólico del misterio. La desaparición de una pareja en el pueblo de Sempiterno, junto con la presencia de un extraño símbolo en su domicilio, es el catalizador de una espiral de secretos, conspiraciones y dilemas éticos que cuestionan la verdad en su núcleo. A medida que Lis y Ned se adentran en este entramado, la verdad se revela como algo fragmentado y distorsionado, reflejando cómo la percepción y la realidad a menudo divergen en nuestras vidas. Este enfoque me pareció refrescante y aporta una capa de complejidad que eleva la obra más allá de una simple novela de suspense.
En conclusión,
“Los olvidados”
es una novela que no solo entretiene, sino que también invita a la reflexión sobre temas profundos como la identidad, la verdad y la confrontación con el pasado.
Gonzalo Díaz
ha creado una obra que destaca en el género negro y que, pese a ser su primera incursión en la literatura, evidencia una gran destreza narrativa y una sensibilidad única. Es un libro que recomiendo sin reservas, especialmente a aquellos que disfrutan de un buen thriller psicológico con personajes complejos y una trama que se adentra en los oscuros recovecos del ser humano.