Las buenas historias de Stephen Extraño siempre han sido pura extravagancia, y han contado con algunos de los mejores dibujantes del cómic para ilustrar los paisajes oníricos y surrealistas por los que suele transitar el buen doctor: así, el gran Steve Ditko, Frank Brunner, Michael Golden, Paul Smith y P. Craig Russell han pasado por las páginas del mago más famoso de los tebeos (con permiso de Mandrake).
Venga, hablemos de P. Craig Russell.
Este dibujante no es solo un maravilloso ilustrador, sino también un estupendo narrador. Sus preciosas viñetas de estilo art decó cuentan una historia a la perfección. Ni siquiera es necesario leer un cómic de Russell para entender lo que sucede, ya esté dibujando a Elric, adaptando una ópera a las viñetas o plasmando un guion de Neil Gaiman; Russell es un maestro del medio, sí señor. Y, aunque ya tenga el hombre sus buenos 70 años, sigue siendo un profesional como la copa de un pino.
¿Y qué tiene todo esto que ver con este «Amanecer de otoño»? Pues todo y nada.
Todo, porque el autor de este cómic, el ilustre desconocido (al menos para mí) Tradd Moore es un pedazo de clon de P. Craig Russell como no hay dos, vamos. El hombre se inspira mucho, pero mucho, mucho, en Russell, y lo cierto es que dibuja bien. Dibuja de puta madre, vamos, hablando mal y pronto. Pero no tiene ni puñetera idea de escribir una historia comprensible. Ni tampoco de que el lector la entienda, obviamente.
Y ahí viene el «nada» que mencionaba antes. Donde Russell es limpio, claro, donde Russell nos cuenta una historia mediante imágenes, Moore es farragoso, oscurantista, incomprensible. De hecho, únicamente hacia el final podemos comprender (más o menos) lo que está pasando. «Bueno, eso es parte de la magia del Dr. Extraño, ¿no?» diréis. Y no.
Una buena historia del Doc es psicodélica, alucinante, nos traslada a mundos fantásticos e incomprensibles, más allá de nuestra lógica, tal vez, pero siempre con su propia lógica. Steve Englehart, Marc Andreyko y Roger Stern, entre otros, lo entendieron así. Para Tradd Moore, esta traslación parece haberse realizado a base de LSD y porros del tamaño de un portaaviones. Así, la historia se sostiene mediante un hilo finísimo (de hecho, lo hace incluso literalmente), alargándose durante páginas y páginas sin la menor preocupación porque fluya y/o capte nuestro interés. Asistimos a una galería interminable de ilustraciones de hermosa factura, cierto, pero sin una causa que nos haga comprender por qué están ahí. A Moore habría, tal vez, que explicarle por qué el único artista art decó que ha tenido éxito en el cómic es Russell: porque este tipo de ilustración no se presta bien al medio. Lo que pasa es que Russell es un genio, y Moore, al menos por ahora (démosle el beneficio de la duda), no. Y recordemos que Russell empezó con un estilo más convencional, fogueándose con tebeíllos de usar y tirar, como los primeros números que hizo para «Killraven», adquiriendo con el tiempo la habilidad necesaria para hacer lo que le diera la gana. Tradd Moore, sin embargo, va de divo. Carece de humildad. Y toda su soberbia la ha plasmado en este cómic, precioso, sí, pero pretencioso hasta decir basta, lo que, en la triste época en la que vivimos, suele equivaler a «obra maestra». Pues vale.