Desde el centenario al bicentenario no ha cambiado mucho la verdad, el costo de la vida se sigue incrementando, mientras el valor del trabajo se reajusta muy por debajo. La división de clases se acentuó así como sus ingresos.
El logro fantástico fue convencer a los más humildes que "cuiden al patrón", porque les "da trabajo" casi como un acto de benevolencia, mientras que la verdad es que el patrón necesita de esa mano de obra para conseguir ganancias y está dispuesto a pagar lo mínimo posible por la hora hombre y apenas pueda reemplazarla por maquinaria lo hará, siempre cuidando de marginar el máximo posible.
Las condiciones materiales miserables de hacinamiento en los conventillos de la ciudad se repiten hoy en las tomas y en los mismos conventillos con migrantes.
Me sorprendió mucho los extractos de leyes que destinaban azotes o multas monetarias según "la clase", que humillante.
Hoy sigue vigente el discurso, porque las diferencias de fondo no se atendieron, somos un país muy desigual, más hoy que ayer, en el cual la mal llamada "elite" aún no está dispuesta a construir una sociedad para todos inclusiva y un poco menos miserable; con mucho esfuerzo se han avanzado políticas de maquillaje y humanización del modelo victorioso impuesto en dictadura, mientras se anestesia a la población con discursos de odio contra los migrantes, redes sociales, farándula y crónica roja.
Lamentablemente los partidos abandonaron también sus funciones y ya no organizan a la sociedad, no tienen presencia y han pavimentado el camino a figuras televisivas y de redes sociales que se impongan con discursos facilistas y vacíos.