1001 Libros que hay que leer antes de morir: N.º 201 de 1001
Llamativo que luego de leer a Mary Shelley me decidiera a seguir con su padre. William Godwin, a día de hoy, si cabe, más olvidado que el resto de la producción literaria de la ínclita madre del moderno Prometeo. En vida, Godwin fue una lumbrera de Inglaterra, un filósofo tan influyente como provocador en el archipiélago como en el continente; revulsivo de una burguesía oronda y bien establecida, anarquista seminal, defensor del amor libre y azote de las leyes; contestatario como pocos en una Albión georgiana aún receptiva a estos aspavientos intelectuales. Para Godwin, la sociedad estaba corrompida, las instituciones políticas y sus leyes eran las argollas del individuo, el protagonista único y dueño de su propio destino; religión, monarquía y matrimonio eran el ancla que frenaban el progreso de la humanidad. Todo esto y mucho más plasmó en el decálogo de su pensamiento, Justicia política, que se convertiría en el ideario del movimiento romántico. Pero Godwin tenía la suficiente visión de futuro para reconocer las limitaciones de la filosofía, que harían las delicias de los intelectuales de salón y los académicos, pero difícilmente llegarían al gran público, el pueblo, aquellos que más se iban a beneficiar de su revolucionario bálsamo, por lo que optaría por otra estrategia, escribir una novela. Así nació Las aventuras de Caleb Williams que, como reza su subtitulo, buscaba mostrar las cosas tal como eran, a saber, que el individuo no es más que grano bajo las muelas de un estado déspota y corrupto diseñado para destruir al pobre y salvaguardar al poderoso. Esta novela se escribió al alimón de su tratado en lo que, según reza el prólogo, un estado de frenesí, tantas eran las cosas que necesitaba contar Godwin, tantas eran las ganas que tenía de cambiar el mundo.
Caleb Williams es el criado de Lord Falkland, modelo de ley y rectitud que, tras un trágico episodio de su pasado en el que fue acusado de un crimen horrible, ha decidido refugiarse del mundo en su propiedad, junto a sus libros y estudios, rumiando su verguenza. Caleb es un joven impetuoso, talentoso, perspicaz, pero excesivamente curioso, y algo en la historia de su señor no le convence, por lo que indaga. Lo que descubrirá le llevará a una huida desesperada, una huida que constituirán el grueso de sus "aventuras" y que le aleccionaran sobre cómo son las cosas. Y me detendré aquí, pues sería criminal prodigarme por más tiempo y destrozaros las muchas sorpresas que se reserva la novela.
Godwin utiliza las estructuras y clichés de la novela gótica para envolver su filosofía contestataria con el oropel más atractivo y sensacionalista. Antes dije que el autor escribió está novela presa de un paroxismo pedagógico, y se nota, pues, aun tratándose de una novela de tesis, repleta de discursos, invectivas y alabanzas, tiene un ritmo frenético, como de un torrente. Sus villanos son terribles, su héroe, casi perfecto; sus víctimas sufren lo indecible, pero cuando alcanzan la victoria rozan lo glorioso. Caleb Williams es una novela que he devorado como pocas veces me ha pasado con novelas tan antiguas. Creo que, sin ser una novela gótica estrictamente hablando, es de las más recomendadas para todo aquel que quiera sondear el género sin ser rechazado de pleno por sus muchos excesos, por los que Godwin solo pasa de puntillas.
No me resisto a terminar esta reseña sin comentar una anécdota que involucra a padre e hija. Como he dicho en el párrafo introductorio, Godwin era un defensor del amor libro; lo que en el siglo XXI los modernos llaman poliamor o relación abierta ya lo defendía y practicaba el sabio inglés, cuya primera esposa, por cierto, fue Mary Wallstonecraft, pionera del movimiento feminista. Bien, Godwin era hombre de principios, pero tuvo que ser testigo de cómo su jovencísima hija se enrollaba con el poeta, y también firme seguidor de su particular doctrina, Percy Shelley, quien terminó por joderle la vida a su hija. Esa fue de las pocas veces que Godwin hubo de renegar de sus ideas. Que el mundo practicara el amor libre, vale: pero que a su hija ni la tocaran.