El mayor miedo de las personas es, quizá, la pérdida de aquellxs a quienes amamos, puesto que no concebimos el mundo sin ellxs. Nuestro mundo sin ellxs. Y, aunque los seres humanos estamos ligados a la pérdida, nunca será un bocado fácil de digerir cuando esta se presente. Estos acontecimientos marcan un antes y un después en nosotrxs: cómo éramos y cómo esa experiencia, finalmente, nos transforme.
Abigaíl, nuestra protagonista, desde muy pequeña se vuelve experta en el arte de perder, como diría Elizabeth Bishop en su poema One Art:
El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.
Curiosamente, creemos que en la infancia es imposible afrontar los golpes duros de la vida, ingenuos somos los adultos, pues esta misma inocencia protege y permite atravesar de la mejor manera con los —muchos— recursos que se tienen a tan corta edad, como la desbordante imaginación de Abigaíl ante la pérdida de lo que llamamos la estructura de "una familia tradicional".
"Pierde algo cada día", es el mejor consejo que podría darnos la poeta, y nuestra joven protagonista lo ensaya a diario, como los peces millón (guppy) que, aunque resultan fáciles de cuidar, de igual manera los perderá, rápidamente. O como al tío que ni siquiera llegó a conocer, salvo por las historias que el padre le contaba.
Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido
...Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Abi pierde la infancia, las amigas que en algún momento creyó que lo eran, las expectativas de ser como la sociedad dicta, la adolescencia, la posibilidad de una nueva integrante en su círculo de afectos, la ingenuidad, la salud —del padre—, la relación más significativa y constante de su vida. Darse cuenta de la finitud de las cosas obliga a Abigaíl a mirar con otros ojos la existencia: la propia y la de ese otro que la ha acompañado. Esa figura central, de donde emana todo el amor que le ha nutrido a través de los años en esa burbuja, ese lugar seguro que llamamos familia.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.
¿Existe la vida después de la muerte? Para el difunto, no. Sin importar la creencia religiosa —al menos hasta donde sabemos— en este plano, no. La autora nos muestra que para quienes se quedan en este mundo, aunque creamos que no es posible, a pesar del desastre y el dolor, sí hay vida, y puede ser una existencia plena que rinda honor a nuestrxs seres queridxs.
Didí Gutiérrez escribe este libro como una especie de conjuro o sortilegio, para atrapar la existencia del padre, para que pueda traerle de regreso y quedarse con esa historia de amor que vivieron, de manera que La alegría del padre se quede por siempre con ella, así como en sus lectorxs. Finalmente, somos las historias que nos contamos, y es un arte necesario aprender a vivir con nuestras propias narrativas.
No dejen de allegarse la primera novela de la autora, le pusieron mucho amor en su edición y en el diseño editorial, además del que hallarán en la trama de la misma.