Un documento molesto para el católico modernista hodierno y para el tradicionalista por igual: Para el primero, le muestra que el sometimiento a la silla petrina es condición para la (re)unificación de la Iglesia, de hecho, de manera implícita el Papa Pío XI aludió a que no hay cristianos propiamente fuera de Roma sino herejes y cismáticos. Ninguno de ellos es plenamente (o realmente) cristiano y por tanto únicamente puede serlo bajo el cobijo de Roma. Cualquier intento de soslayar las diferencias es un non possumus para el pontífice. Con ello Achille Ratti dio al traste con la posibilidad de estos eventos de unión entre iglesias muy comunes en su época. El ecumenismo por tanto sería contrario a lo dicho por este documento. Para el tradicionalista el documento es baremo para medir la desviación de su iglesia de una doctrina estimada cara para la iglesia romana: la completa e irrenunciable adhesión al magisterio pontificio y la obediencia al romano pontifíce para devenir miembro de la única y verdadera iglesia.
El Papa condenó un error que parece plasmarse en el Concilio Vaticano II que es decir que la Iglesia está fragmentada y espera su próxima reunificación. Reitero, para Ratti, ya había una iglesia verdadera que era la romana y las otras "iglesias" era grupúsculos de herejes y cismáticos. Punto. En este tenor, no queda sino catequizar a los desviados y no tratarlos como hermanos. Por eso el documento "Mortalium animos" puede resultar incómodo en nuestra época. Su valor radica ya en ser testimonio de otra iglesia; que por fe debemos considerar que es la misma desde San Pedro y hasta Francisco, pero que para el mundo ha mutado bastante para sobrevivir.