1001 Libros que hay que leer antes de morir: N.º 202 de 1001
Tiempo de silencio fue una ostia para el mercado editorial español del tardofranquismo. Cuando en España parecía que lo único que se podía escribir era realismo social, escaparates de miserias convenientemente adecentados para no ofender al olfato censor del régimen, llegó un joven médico convertido en escritor dispuesto a demostrar que aún se podían contar historias, aun se podía crear.
En última instancia, Tiempo de silencio es una novela social, no realista, pues describe de manera hiperbólica, con un naturalismo sórdido de orinal y gargajo tan estilizado y grotesco, como marcan los cánones barrocos de los que bebe y que no esconde, un Madrid periférico misérrimo, chabolista, casi de favela, donde los pobres exiliados del medio rural malviven hacinados, embrutecidos por las circunstancias, en un retrato esperpéntico que ofende, sí, y podía ser real, también, pero llega a ser increíble por la magnitud de la degradación presentada y el lenguaje. Porque, ante todo, Luis Martín-Santos, quien no tendría tiempo de culminar su revolución al fallecer prematuramente en un accidente de tráfico, quería cambiar la forma de escribir usando un narrador total que pasara por todos los registros existentes; una voz irregular, desenfocada, a la que a veces no se entiende por tener la boca llena de hojas de diccionario a medio masticar. La lectura de la novela es ardua por culpa de este narrador inconsistente, pedante, que parece mofarse de la tradición novelística decimonónica al extender cada escena, cada acción y queda semblanza hasta lo absurdo, no añadiendo nuevo información sino retorciéndola. Este aspecto es el más reverenciado por la crítica, que suele ver en lo ininteligible complejidad, y en la complejidad, presunta o real, calidad literaria o un misterio a resolver. Sin embargo, y quizá se deba a mi formación científica, muchas veces está complejidad del lenguaje, repleta de términos médicos o de biología, es más un trampantojo, pues hay frases que no tienen sentido.
¿Pero hay historia en Tiempo de silencio, o estamos ante un experimento formal? En absoluto, Tiempo de silencio es una novela y cuenta una historia sencilla. Pedro es médico, un joven científico becado que investiga la aparición del cáncer en ratones. Vive en una casa de huéspedes regentada por tres generaciones de mujeres: la abuela, viuda de un veterano de Filipinas que le dejó en herencia la casa y enfermedades venéreas, la madre, una hembra rotunda burlada por un bailarín, y la nieta, una joven delicada en edad de merecer que abuela y madre confían poder casar con Pedro para abandonar su vida precaria. Para llevar a cabo sus investigaciones, Pedro debe de hacerse con determinadas cepas de ratón difíciles de obtener por las vías convencionales, por lo que recurre a los servicios de su ayudante, Amador, quien logra que un pariente alojado en las chabolas del arrabal madrileño crie a los roedores para ellos -lo que convierte al material, de base, inservible. Una tarde en que médico y ayudante acuden a recoger una nueva remesa, atestiguan el peculiar estilo de crianza de los animales, que consiste en que estos cohabiten junto a las dos hijas del criador. La hija mayor tuvo una relación con un chulo del lugar, relación que el chulo se niega a terminar del todo. Una noche en que Pedro y un amigo salen a ponerse como piojos, y con una buena curda encima, es reclamado por el padre criador: su hija mayor, Florita, está sufriendo un aborto, y solo el puede salvarla. A partir de aquí todo se irá complicando de forma muy folletinesca.
Tiempo de silencio busca ser una novela total, abarcar de todo y presentarlo de la forma más llamativa posible, una obra capaz de unir la tradición literaria aurisecular con la novísima novelística norteamericana. El resultado, al menos a mi juicio, es una novela embutida, capaz de lo mejor y de lo peor, con capítulos sublimes e imágenes poderosas que se alternan con pasajes insoportables, descripciones verborreicas y alardes estilísticos vacíos. Fue revolucionaria en su momento, pero muy seguramente no sería la novela definitiva del autor de haber vivido mucho más años. Como testimonio literario quedó una novela inacabada, Tiempo de destrucción, que a saber qué lugar hubiera ocupado en el canon literario español.
¿Recomendable? Quizá como curiosidad ¿Merece la pena? la verdad, no lo sé ¿Me arrepiento de haberla leído? Ni por asomo.