Los Ángeles, verano del 62. La comidilla de la ciudad es la desastrosa producción de Cleopatra, que tiene a la 20th Century Fox al borde del abismo. Jimmy Hoffa contacta con Freddy Otash para investigar la relación entre Marilyn Monroe y los Kennedy. El objetivo: sacar a la luz posibles trapos sucios con los que protegerse de la inminente demanda del fiscal Bobby Kennedy. Sin embargo, unos meses después del inicio de la operación, la estrella del momento aparece muerta en su casa de Fifth Helena Drive, el mismo día en que una ex actriz de la Fox es secuestrada... En este contexto da comienzo la última novela de James Ellroy, uno de los más grandes escritores americanos de todos los tiempos.
Para un servidor cada novela de Ellroy que sale a la luz es un acontecimiento de índole casi espiritual, tanta es la admiración y fascinación que siento hacia el genio angelino. Ahora, a sus más de setenta años, se encuentra en la cúspide de sus capacidades literarias, y parece importarle menos que nunca hacer nuevos amigos. De alguna manera se ha convertido en uno de esos artistas -pienso en Yazujiro Ozu, por ejemplo- que han encontrado su estilo y que ya solo piensan en llevarlo hasta sus últimas consecuencias, depurando la forma hasta el paroxismo. Muchos dirán que leída una novela de Ellroy leídas todas, y puede que no les falte razón, pero creo que el americano ya no escribe para nadie más que para él mismo. En cierta manera se ha convertido en un mitómano de su propia creación. Y esa creación, por la que sin duda será recordado y valorado, es su visión de Los Ángeles de mediados del siglo XX, durante la Era Dorada de Hollywood.
La ciudad de las estrellas ha sido su gran musa y su obsesión, convirtiéndola en su Jardín de las Delicias particular; un espacio no ya físico, sino moral y existencial, en el que dar forma al mundo tal y como él lo ve. Y para Ellroy el mundo es sin duda un lugar oscuro y cruel, en el que el vicio, la violencia, el poder y el sexo forman un totum revolotum donde todo está conectado: desde los bajos fondos y el mundo del hampa, hasta las altas instituciones políticas como el LPDA o el FBI, pasando por los grandes estudios de Hollywood. Nadie se libra del mal que campa a sus anchas en una ciudad donde todo el mundo esconde turbios secretos y sórdidas obsesiones.
Nadie ha descrito como Ellroy el nihilismo implacable de una sociedad podrida y corrupta hasta la medula. Sus novelas están plagadas de lo peor que puede dar de si el ser humano: asesinos, proxenetas, policías de extrema derecha, músicos de jazz adictos a las drogas, voyeurs, psicólogos dementes, narcotraficantes comunistas, directores de cine porno, productores mafiosos... Un cabaret infinito de toda la maldad y podredumbre que se esconde tras el lujo, la fama y el poder. Incluso el elenco de personajes reales que pueblan sus novelas se convierte en el reverso más tenebroso posible de lo que fueron en realidad. El Jefe del LAPD William H. Parker, jesuita alcohólico y criptofascista. Bobby Kennedy, fiscal general arribista y conspirador. Su hermano el Gran K, presidente de USA drogadicto y adicto al sexo. Marilyn Monroe, ex chica de compañía manipuladora, obsesionada con los criminales y adicta a la bencedrina. Nadie se salva, no hay luz al final del túnel, sino tan solo un abismo sin fin.
Esta inclemencia moral se ve respaldada por el "Estilo" marca de la casa: una prosa seca y cortante, de una extrema violencia verbal, en la que las frases parecen construidas a golpe de fogonazos, sin dejar que el lector respire entre suceso y suceso. En este caso Ellroy escoge la primera persona de manos de su protagonista Freddy Otash -detective privado a sueldo del mejor postor con el fin de destapar la basura de los famosos, que existió en la realidad (trabajó para el mítico tabloide Confidential) y que Ellroy conoció y entrevistó durante años- otro personaje fascinante en su extrema oscuridad: expeditivo, violento, inteligente, obsesivo, alcohólico, adicto a todo tipo de substancias, corrupto y romántico. El alter ego perfecto de Ellroy y protagonista prototípico de sus novelas: capaz de encontrar la redención en el asesinato y la paz entre las piernas de una mujer o en el fumadero de opio de Kwan.
La narración avanza de forma inmisericorde: una escritura alucinada, demente y frenética que no da tregua al lector. Los personajes de Ellroy parecen vivir en un estado de vigilia perpetua, alimentados a base de alcohol y propulsados por las drogas en su siempre obsesiva investigación, que hace del crimen y de la depravación una obsesión catártica y voyerística de lo más pútrido e infame del alma humana. Y de esa manera el lector queda atrapado en ese universo tan personal y mítico que sin embargo se siente real. Las decenas de lugares que Ellroy nos presenta con maníaca precisión es inabarcable: tugurios, casas de citas, clínicas de desintoxicación regentadas por eugenistas, estudios de cine clandestinos, salas de tormento de la policía, hoteles de lujo plagados de micrófonos... Perderse en una novela de Ellroy es como trasladarse a un tiempo y lugar que podemos sentir en nuestras carnes y que es tan opresivo como subyugante. Y a todo esto solo queda añadirle el virtuosismo con el que Ellroy emplea el argot callejero de esa época y que acaba siendo otra de las columnas vertebrales de ese Los Ángeles imaginado y fantaseado por su autor. Un lugar literario de una fuerza cautivadora, sin ningún atisbo de duda el gran protagonista de todas sus novelas y a fin de cuentas su gran obra maestra y testamento. Un Los Ángeles que quizás nunca existió pero en el que Ellroy se pierde -y nos pierde- con una melancolía masoquista y obsesiva.
En fin, creo que este texto ha sido más un homenaje a uno de mis escritores preferidos que una crítica propiamente dicha de su última novela. Pero qué puedo añadir, hablar de James Ellroy es predicar a los conversos, quién sea acólito de su culto no necesita más y quien no lo sea nunca lo entenderá. Espero con ansias el próximo caso de Freddy Otash que, o mucho me equivoco, o nos llevará a visitar el 10050 de Cielo Drive...