El historiador estadounidense Garrett Mattingly escribe una historia sobre la Armada Invencible, que imbrica directamente en los acontecimientos históricos de la época. En su narración existen una serie de frentes, por un lado el asesinato de María Estuardo en Inglaterra; por otro la situación tensa en Francia con un rey católico amigo de Elizabeth y un contrincante, el duque de Guisa, que en teoría se pondría a las órdenes de Felipe II si se hiciera con el trono; por otro, la siempre difícil situación en Flandes, y por último, un rey en España, Felipe II, que se obsesiona con una campaña sin ningún futuro.
Elizabeth, a la que el historiador considera pacífica frente al belicoso Felipe II (curiosamente prácticamente todos los historiadores españoles consideran a Felipe II un rey pacífico, lo que es tan falso como el pacifismo de Elizabeth I), organiza ladinamente ejércitos y flotas por todos lados. Al tiempo que paga enormes ejércitos para luchar en Francia contra los católicos, también paga para frenar los avances en Flandes y, por supuesto, dota a Drake de flotas para atacar directamente a España, tanto antes como después de 1588, y hasta la muerte de la reina, lo que habla de un "pacifismo" un tanto curioso.
Felipe II planea la invasión de Inglaterra, con una gran flota que se reúna en Flandes con los soldados del duque de Parma. Este consigue su objetivo, que es hacerse con la costa frente a Inglaterra para mandar desde allí las tropas, pero luego no tendrá allí nada más que barcazas inútiles, que no tienen ni siquiera velas, con las que soñará llegar al otro lado apoyándose en la gran Armada, lo que jamás ocurrirá porque no habrá encuentro entre unos y otros.
Por su parte, la Armada se deja al mando de Álvaro de Bazán, que muere antes de poder iniciar la ofensiva y Felipe II, en su disparatada mente elige al duque de Medina Sidonia que jamás ha comandado una flota y que se marea en el mar, pero que lo hará realmente lo mejor que pueda, comenzando por remozar las naves que esperaban ya maltrechas en Lisboa, y por llevar a cabo una campaña más que digna frente a los barcos ingleses, más ligeros y mucho mejor armados.
Cuando por fin la Armada española llega frente a las costas de Inglaterra, Mattingly asegura que ninguno de los dos bandos saben qué hacer. Los ingleses confían en su munición de largo alcance y los españoles en su táctica habitual de abordar buques, pero los ingleses se quedan lejos, disparando inútilmente sin dar a los barcos, y los españoles no consiguen acercarse, así que las dos técnicas son totalmente absurdas. Sólo les funcionará a los ingleses, ya en Calais, los buques incendiarios, no porque provoquen desastres, sino porque hacen que se desmonte, momentáneamente la línea de ataque-defensa de los españoles.
El fracaso español vendrá, realmente, porque nunca se juntan las tropas y ante la falta de munición (algo que ya avisó el duque de Medina Sidonia a Felipe II desde España sin, por supuesto, que le hicieran caso), los españoles tienen que huir hacia el norte para dar la vuelta por Escocia e Irlanda y volver a casa. En ese viaje se producirán los mayores desastres, tanto con naufragios por las tormentas como por los crímenes cometidos contra los españoles en Irlanda.
Mattingly considera que lo de los elementos fue un invento de siglos posteriores, que no lo dijo Felipe II, aunque otros historiadores como John O'Farrell en "An utterly impartial history of Britain" achacan a las tormentas y los naufragios en las costas irlandesas la destrucción de gran parte de los barcos, ya que al final llegaron a España 44, prácticamente destrozados, de los 130 que partieron.
También opina Mattingly que las matanzas de españoles en las costas inglesas puede ser sólo propaganda inglesa, pero John Gibney en "A short history of Ireland" reconoce que fue así, que fueron miles los españoles masacrados en las costas de Galway, Mayo y Sligo, por orden de Richard Bingham en 1588.
Una historia terrible y absurda, provocada por la ineptitud de un rey imprudente que soñaba con grandezas sin preocuparse por nada y por nadie, y que jamás escuchó a todos los que le advirtieron de la dificultad de una guerra de largo alcance en la que era imposible proveerse de munición, alimentos y agua en ningún lugar. Eso sí, tras la derrota, el infame siguió soñando con otra Armada para repetir el disparate, menos mal que no le dio tiempo a recuperar las arruinadas arcas en los diez años que le quedaban de vida.