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136 pages, Hardcover
First published September 15, 2004
«Y aunque no nos dejen hablar —seguía diciendo—, por lo menos vamos en el mismo vagón, oyendo y mirando las mismas cosas, respirando el mismo aire». Esta última frase me hizo sonreír. Yo parecía la niña y ella la persona mayor, tan sensata, tan consoladora.
«Preguntas en son de broma, como esa, o comentarios como el de una prima, el día de la primera visita, después de cuatro meses de incomunicación: «Tu marido estaría radiante, de verlos por fin después de tanto tiempo. Me imagino qué contentos que estarán todos». Esto dicho con absoluta buena fe y con una incomprensión tan, tan profunda que era imposible responderle nada. De pronto aparecía lejanísima, a años-luz de distancia. ¿Para qué contestarle? A esa distancia no nos oiría.»
«Extraño poder el de la música, que se ha vuelto sutil enemiga.»
«Ahora he comprendido mejor el papel de lo rutinario, lo habitual, todo aquello que se repite cíclicamente y que tan desdeñable me pareció siempre. Ah, la rutina, achatando, empobreciendo, insensibilizando. Muy cierto, no lo discuto. Esa función se cumple, sin duda, y los seres humanos nos transformamos con la edad en «manojos de habitos», incapaces de comprender nada nuevo, solo lo viejo, solo lo repetido. Pero frente a todo eso, ahora intento una defensa y no por el papel de adaptación que poseen los hábitos, sino por otra cosa. Por una especie de densidad, de mayor consistencia que adquieren los hechos repetidos: ese almuerzo en común, ese estar sentados todos a la mesa, juntos, todos los días, le da a la hora del almuerzo una cualidad especial, es más real que la fugaz hora del desayuno disperso, cada uno
por su lado.»