"Si puedes alguna vez mentirme de tal modo
que llegue a estar contento de mí mismo,
si con placeres engañarme puedes,
¡que sea ese para mí el último día!
¡Tal es la apuesta que propongo!"
Cuando uno lee un clásico del calibre literario-filosófico que tiene el “Fausto”, sabe de primera mano que tendrá que poner todos sus sentidos bien en alerta. Al igual que con “Don Quijote”, “La Divina Comedia”, El “Decamerón”, “El Paraíso Perdido” o los clásicos griegos y latinos ““Ilíada””, “Odisea” y “Eneida”, la concentración debe ser máxima.
Son tantos los elementos que componen esta monumental tragedia escrita por Goethe, su riqueza poética y abundantes diálogos tan perfectos e intensos que apabulla, pero con belleza.
Johann Wolfgang von Goethe ideó la historia de su “Fausto” a partir de una vieja leyenda que se remonta al año 1549 y la adaptó a su gusto para comenzar a escribirla cuando tenía poco más de veinticinco años, concluyéndola casi al final de su vida, próximo a su muerte a los 83 años.
Tan compenetrado estuvo con la gestación de la obra que las dos partes que componen el Fausto y las edades del personaje coinciden con los momentos en que las publicó. Fue un proceso arduo, que no dejó de escribir otras cosas (la obra completa de Goethe es harto abundante y se conforma de gruesos volúmenes, dado que el gran maestro alemán fue un escritor muy prolífico, como sucediera también con Balzac, Dostoievski, Dickens o Tolstoi).
Yendo al libro me surge esta reflexión: ¡Y pensar que todo lo que en el Fausto sucede es a raíz de una apuesta entre Mefistófeles y Dios! Ya en el "Prólogo en el cielo", al comienzo del libro están tirados los dados. En un picante contrapunto, Dios y Mefistófeles se ponen a prueba mutuamente y este último toma a Fausto, ese hombre que es maestro, científico, alquimista y muchas otras cosas más para demostrar quién gana.
Prontamente Mefistófeles se le presenta a Fausto convertido en un enorme perro negro y después de unas pocas páginas más Fausto sella con su propia sangre un pacto para lograr adquirir la sabiduría, la juventud la y belleza universal.
Todo le será permitido, pero claro, ciertos costos tendrán que pagarse. El placer y el dolor se entrecruzarán para que Fausto se someta a un torbellino de situaciones y escenas memorables, sea durante la primera parte en la famosa taberna de Auberbach, en su propio gabinete, en las calles, en la famosa “Noche de Walpurgis”, épica leyenda en donde se congregan brujas, hechiceros y demonios en el monte de Blocksberg, del que Fausto es un privilegiado espectador y unas escenas después, se enamorará de una hermosa muchacha, mucho más joven que él, llamada Margareten o Gretchen y en muchos lugares más.
Seguramente, el Fausto debe haber influido sobre el escritor ruso Mijaíl Bulgákov, quien para su novela “El maestro y Margarita”, toma el mismo nombre, solventado también en una trama que también involucra al Diablo, que en ese libro se llama Voland.
Mefistófeles le dará el gusto, pero siempre con la tranquilidad de saber que el alma de Fausto está en su poder. Todos estos acontecimientos se suceden hasta el final de la primera parte de la obra que consta de un solo acto dividido en varias escenas.
El desengaño de Fausto será grande, pero deberá aceptar las reglas del juego que Mefistófeles le propuso y advirtió: «No he sido yo quien te ha tendido el lazo, tú mismo has caído en la red. ¡Retenga al Diablo quien lo tenga!, que no lo cazará por segunda vez.»
Un detalle que posee esta obra, completamente dialogada es que siempre ha sido muy dificultoso llevarla a escena dado que en ella se dan transformaciones instantáneas, cambios de lugares de los personajes, levitaciones, desapariciones, vuelos, metamorfosis de objetos y personajes y muchos efectos que son imposibles de representar en un teatro.
Tal vez, hubiera sido práctico llevarlo al cine (estimo que debe haber películas al respecto), pero para actores en escena, la representación es muy difícil de llevar a cabo. De hecho, en su época no pudo ser representado, por lo que Goethe acostumbraba a leer los distintos pasajes del libro, según la ocasión que se le presentara.
A mi entender, la gran estrella del libro es Mefistófeles, un personaje brillante, capaz de torcer la voluntad no solo de Fausto, sino también de reyes, obispos, emperadores, soldados, generales, en fin, todo tipo de gente, desde las clases más bajas hasta de los hombres más poderosos (una frase suya lo afirma: «El populacho nunca advierte la presencia del Demonio, aun cuando este lo tenga agarrado del pescuezo».
Mefistófeles todo lo puede (¡al fin y al cabo es poderoso) y su incursión le da brillo a toda escena que se presente para su deleite.
La segunda parte del Fausto, que se divide en cinco actos bien marcados, difiere con la primera en que tal vez es más consistente y tiene una estructura de cronología un poco más clara. Sí debo reconocer que se me hizo un tanto pesada la sección central en donde Goethe despliega una gran obra de teatro interna y casi que podría leerse en forma autónoma, una tragedia que incluye todo tipo de personajes tomados de la mitología griega y romana, muchas referencias de la Biblia (Goethe era un ferviente estudioso del libro santo), así también como la inclusión de personajes de fábula.
Esta tragedia que tiene que ver con Helena de Troya, Mefistófeles y Fausto, puede tomarse (yo creo tomarlo así) como un gran sueño, delirio o ingreso de Fausto a otra dimensión con la intervención de Mefistófeles, pero sí es cierto que por momentos la lectura se hace lenta y un poco tediosa.
Creo que está dirigido para el público de su época y respeta los cánones establecidos que abarcan el amplio espectro de la filosofía, la religión y las artes, puesto que esta fue la intención de Goethe al escribir la obra, pero hoy en día, componen lo que llamamos literatura clásica y antigua, esa que escribían Dante, Milton, Coleridge o Byron, que no dejará de ser eterna como parte fundacional de la literatura, pero que se alejan de la modernidad de nuestros días.
Por último, unas pocas palabras sobre Fausto mismo.
Me da la sensación de que es un hombre atormentado, que posee ciertas características que afectan a esos personajes bajo el influjo del doble (en este caso el doble psicológico): «Dos almas, ay, anidan en mi pecho, y cada una pugna por separarse de la otra.»
Es, al igual que Mefistófeles, cuya frase «Soy una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien», define el motivo de su existencia eterna e inmortal, un hombre que sólo ambiciona el poder, el conocimiento total, el control de lo universal a partir de su cuestión personal y pondrá en marcha su plan a partir de la engañosa oferta de Mefistófeles.
Fausto es un ser inconforme, que más allá de haber llegado a una posición de poder absoluto, paga caro el precio de su pacto sobre el final del libro.
Para cerrar esta reseña sostengo que la tragedia del Fausto encierra la eterna pugna del ser humano entre el bien y el mal; de lo que debe hacerse correctamente contra esas fuerzas, que por la debilidad inherente que posee el hombre puede ser doblegado, dominado, por el mal y por supuesto, también se arriesga a perder la batalla.
Insisto que la ambición de Fausto, esa necesidad imperiosa búsqueda de la verdad, la sabiduría y el poder no es fácil de sobrellevar ni para Fausto ni para nosotros, simples mortales, pero este dilema de elegir entre el bien y el mal depende siempre de nosotros.