Ser peruano es ser racista. Esa es una de nuestras grandes verdades nacionales.
Uno de mis primeros recuerdos se remonta a mi fiesta de cuatro años, durante la cual, mi mayor preocupación, era que mis amigos no descubrieran quién era mi papá. No me preocupaba que lo vieran a él, sino que, al hacerlo, me vieran a mí y, así, se dieran cuenta de que yo no era tan blanco como todos creían que era, como nos habían enseñado que debemos ser.
Han pasado muchos años de eso; sin embargo, aún recuerdo con exactitud todo lo que me enseñó mi familia, mi colegio, la calle y los medios de comunicación. No sabía amarrarme los pasadores, cruzar la pista solo, ni bañarme sin ayuda de la nana, pero sí sabía qué color de ropa no usar, dónde no comer, con quiénes no juntarme. Y es que, de alguna manera, la infancia peruana se limita a eso: enseñarnos a ser lo menos cholos posible y lo más blancos que se pueda.
Algunos la tenemos más fácil que otros. Yo solo debía preocuparme por mi cabello ondulado y un color de piel que, mal que bien, se adaptaba al círculo social en el que me encontraba, pero otros debían dejar atrás su idioma, sus costumbres, su esencia. No hacerlo implicaba no poder ser parte de la vida nacional y convertirse en ciudadanos de segunda categoría (tercera y cuarta, en muchos casos).
Al final, la peruanidad termina reducida a una guerra racial en la que todos luchamos por ocultar nuestra verdadera identidad. Nos guste o no, no ser blanco era mal visto, pero ser blanco también. Por eso, no hay blanco peruano que, al menos en su cabeza, tenga una abuela chola, selvática o negra y te lo demuestra diciéndote “mira mi nariz, no es de blanco, la heredé de mi abuela”. Hay una urgencia vital de ser lo suficientemente blanco para ser aceptados, pero, al mismo tiempo, no serlo porque sabemos lo que eso implica.
Pero el tiempo pasa, las personas crecemos y, algunos de nosotros, nos damos cuenta de que el mundo no es como nos habían dicho que era. De pronto, un día, nos damos cuenta de que los negros no dejan de pensar a las cuatro de la tarde, de que los serranos no nos odian a muerte y que el gran problema de este país, a veces entendido como una maldición de proporciones bíblicas, no es nuestra infinita combinación de razas, idiomas e identidades sociales, sino nuestra incapacidad de ver al otro como un igual y, sobre todo, de vernos a nosotros mismos como iguales al otro.
Entonces, ¿qué hace uno con todo ese dolor? El dolor de saberse racista, de haber discriminado, de haber sido discriminado. El dolor de saber que el primer recuerdo que tienes de tu papá es siendo discriminado por ti mismo. ¿Cómo miras a los ojos a alguien que ha sido víctima del odio que te enseñaron a tener? ¿Cómo convives con alguien que te ha victimizado por el odio que le enseñaron a tener? ¿Qué haces cuando te miras al espejo y ves en ti tanto de lo que te enseñaron a odiar y llegaste a odiar durante tantos años?
Los caminos del perdón son los más urgentes y difíciles de andar, pero si queremos construir un país más justo, debemos hacerlo. Es necesario recorrerlos para no cargar a las futuras generaciones con las mismas taras sociales que nos cargaron a nosotros, para no heredarles nuestro dolor ancestral, con un origen tan remoto como el de nuestra patria, que nunca fue una, sino muchas, aunque nos cueste reconocerlo.
En “Huaco retrato”, Gabriela Wiener cuenta su propia historia como persona racializada, racista y discriminada. Por supuesto, su camino es diferente al mío, pero su dolor tiene su origen en el mismo punto que el mío y el de todos los peruanos, seamos o no conscientes de ello.