Guerra de la calle, guerra del alma
¿Cuántas veces he sido un dictador? ¿Cuántas un inquisidor, un censor, un carcelero? ¿Cuántas veces he prohibido, a quienes más quería, la libertad y la palabra? ¿De cuantas personas me he sentido dueño? ¿A cuántas he condenado por cometer el delito de no ser yo? ¿No es la propiedad privada de las personas más repugnante que la propiedad privada de las cosas? ¿A cuanta gente usé, yo que me creía tan al margen de la sociedad de consumo? ¿No he deseado o celebrado, secretamente, la derrota de otros, yo que en voz alta me cagaba en el valor del éxito? ¿Quién no reproduce, dentro de sí, al mundo que lo genera? ¿Quién está a salvo de confundir a su hermano con un rival y a la mujer que ama con la propia sombra?
Los libros de Eduardo Galeano se caracterizan porque existe una gran gama de emociones, pero en este libro, lo que más se puede encontrar es tristeza y melancolía. Esto se debe al momento en que se vivía cuando se publicó este libro (1978), donde varios países latinoamericanos sufrían los males de diferentes dictaduras militares. Por lo tanto, Galeano vuelve continuamente a amigos desaparecidos, a frustraciones, al miedo y al sistema que permite todo esos crímenes, que hace que lo que llega a existir de alegre en el libro, se transforme en oscuridad y añoranza.
Un libro muy bueno que es una muestra de lo que se vivía en aquel entonces, donde las dictaduras buscaban matar a las ideas que se negaban a morir.