Hay algo de Atahualpa Yupanqui que sobrevuela la voz de Pedro, el protagonista y narrador de esta historia, que lo hace, a uno, sentirse en paz de algún modo; hay tristeza, pero hay tranquilidad. Es el relato de alguien sensible que quiere trasmitir su sentir y su sabiduría de un modo rústico, a veces genuino y otras veces parece impostado, como si el autor estuviera obsesionado por meter todo el tiempo una frase para enmarcar dicho a modo de saber popular; creo que ese es su mayor defecto.
La historia trata de un chico de más de treinta años momentáneamente en el país vasco producto de seguir a un amor que no fue. Esa melancolía, la salpica con la nostalgia de una historia del pasado que parece la historia de un niño, porque todo puede suceder, por eso yo diría que esta novela trata de la magia. Yo, que soy un agnóstico empedernido, vi magia al leer.
Entre lo que no me gustó está la repetición constante de sus frases hits y la posturas frente a la vida tan explícitas. Lo lindo de Yupanqui es su mirada profundamente política sin tener que aclararlo.
Soy de la misma cuidad que el autor y me crié contemporáneo en las mismas cuadras en las que desarrolla la novela y me parece maravilloso cómo un mismo tiempo y un mismo lugar puede dejar dos experiencias completamente distintas.
Amo los libros pueblos, lo recomiendo mucho porque aún no creyendo, te expone a la magia que sucede frente a uno.