Aunque titulado "Cuentos Malévolos", sería más justo decir que este libro es una nueva edición de Historietas Malignas porque, si bien es cierto que muchos de los relatos que contiene aparecieron por primera vez en Cuentos Malévolos (del que hubo dos ediciones), las obras aquí presentadas son las mismas que las de la edición de Historietas Malignas de 1924. El único añadido son los prólogos originales (¡uno de ellos de Unamuno!) de las dos ediciones de Cuentos Malévolos.
Aunque, como parecer sugerir el título, varios de los cuentos del libro están centrados en el terror y en la maldad puramente mundanos (el primer relato, Los canastos, es un ejemplo excelente de ello), pronto empiezan a aparecer historias con temáticas más fantásticas y hasta de ciencia-ficción, y en algunos casos incluso se deja de lado la parte más "malvada" o "morbosa" para centrarse puramente en la fantasía. De hecho, uno de mis relatos favoritos de este libro es Las mariposas, que, si bien tiene un giro curioso al final, es una narración puramente infantil.
Algunos de estos relatos son verdaderamente sublimes, destacando para mí el antes mencionado Las mariposas, La granja blanca, Los ojos de Lina, El día trágico, El príncipe alacrán, Mors ex vita y el Hombre del cigarrillo. Me han gustado especialmente La granja blanca, que es una de las historias que peor cuerpo han conseguido dejarme de todas las que he leído; El día trágico, que me hizo investigar sobre las reacciones exageradas que se dieron ante el paso del cometa Halley en 1910; y el Hombre del cigarrillo, por lo vigente que sigue siendo hoy en día. Así, los cuentos buenos son muy muy buenos. Pero, desgraciadamente, no todos lo son. Eso sí, al terminar el libro, este deja muy buena impresión, porque los mejores relatos están precisamente al final, cuando Palma ha evolucionado como escritor (están en orden cronológico) o, quizá, cuando por fin se ha liberado de unas hipotéticas cortapisas y se ha dedicado a escribir historias que abrazan directamente la fantasía (lo que se llevaba en aquella época en Perú era el costumbrismo).
La prosa, como cabría esperar, es excelente, aunque recargada vista con los ojos de quien lee esto más de 100 años después de que se escribiera. Sin embargo, no se hace pesada, y parece pretenciosa solo en momentos puntuales. Resulta especialmente curioso leer esta vertiente del género de terror, con una perspectiva más hispana (el autor es peruano) y, sobre todo católica. Aquí el mal y el horror no vienen de monstruos, brujas o fantasmas, sino del propio demonio y del alma pecaminosa del ser humano, e incluso los elementos más fantásticos se enmarcan dentro de la cosmogonía cristiana. Los pocos escarceos con el paganismo (como los de los cuentos El último fauno y Ensueños mitológicos) son directamente comparados con la fe católica.
Una lectura muy refrescante, recomendada a quienes estén cansados del terror y el fantástico aglosajones, de los primigenios de Lovecraft y de los cuentos de Poe. Aquí hay algo distinto y muy especial.