La masculinidad es performativa, una relación con los otros donde ciertos valores se encarnan en la acción misma de ser hombre. Parece circular porque en cierto modo lo es. Heredo de mi cultura lo que implica ser hombre como Junior que creció con una serie de premisas que su papá encarnaba, sus amigos repetían y el soportaba porque no hay peor infierno que la soledad del anormal. Ser hombre es fútbol, es violencia, es insultar, es convertir a la mujer en medio para un goce impulsivo y fugaz. Y sino sos puto, el hombre que no encaja, heterosexual o no, su performance no se ajusta.
Cuando Junior comienza a relacionarse fuera de la mirada masculina heredada, en los espacios liminales y subversivos de los queers, también comienza a modificar su relación con las mujeres y el amor. Es un proceso de descubrimiento de que hay un mundo de sensaciones y sentimientos válidos más allá de la estrecha frontera que la masculinidad aprendida había trazado.
El amor es aquello que corre por debajo de todas las fronteras, lo que une, más allá del sexo y las miserias humanas, pero para alcanzarlo hay que abandonar el miedo: Ardi, Romina y Sony son instancias de mujeres con miedos como Juan pero miedos de una femenidad paranoica con el engaño y el abandono. Una que Juan mismo experimenta en carne propia y tiene que aprender a atravesar para alcanzar el premio: la aceptación incondicional, el amor.