«Si, como ellos dicen, la poesía es un signo de algo/ entre la gente, entonces convengamos esto ahora,/ entre nosotros, mientras aún somos personas: que/ al final de los tiempos, que también es el fin de la poesía/ (y del trigo y el mal y los insectos y el amor)/ cuando toda la raza humana se reúna en la carne,/ reconstituida hasta la arruga más mínima y la uña/ más chica de un niño, estaré parada en el límite/ de esa masa inconmensurable con una naranja para ti,/ reconstituida hasta su semilla más íntima protegida/ por un hilo blanco, en caso de que tengas sed, que/ en este momento no parece difícil de adivinar,/ y aunque entonces no habrá poesía entre nosotros,/ al final de los tiempos, los gansos arrastrados por los mares,/ espero que la recibas, y recuerdes que en la tierra/ no supe cómo tocarla era todo tan crudo/ y si acaso la masa no tiene límites/ o pasa cualquier cosa que ya sea parte de ella,/ voy a tomar la naranja y la voy a tirar tan alto como pueda.»