En el Juicio Final sólo se pesarán las lágrimas.
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Cuando el comienzo de una vida ha estado dominado por el sentimiento de la muerte, el paso del tiempo acaba pareciéndose a un retroceso hacia el nacimiento, a una reconquista de las etapas de la existencia. Morir, vivir, sufrir y nacer serían los momentos de esa involución. ¿O es otra vida lo que nace de las ruinas de la muerte? Una necesidad de amar, de sufrir y de resucitar sucede así al óbito. Para que exista otra vida, se necesita morir antes. Se comprende por qué las transfiguraciones son tan rara.
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El límite de cada dolor es un dolor aún mayor.
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Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal; quien no lo conoce, lo es. Es probable que en el paraíso las criaturas desaparezcan también, pero no conociendo el miedo de morir, no morirían, en suma, nunca. El miedo es una muerte de cada instante.
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El cristianismo entero no es más que una crisis de lágrimas, de la que sólo nos queda un regusto amargo.
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Nadie prepara ya su muerte, nadie la cultiva, de ahí que se escabulla en el mismo momento en que nos arrebata. Los antiguos sabían morir. Elevarse por encima de la muerte fue el ideal constante de su sabiduría. Para nosotros, la muerte es una sorpresa horrible.
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Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban los problemas y comienzan las resoluciones.
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Dios creó el mundo, fue por temor de la soledad; ésa es la única explicación de la Creación. Nuestra razón de ser, la de sus criaturas, consiste únicamente en distraer al Creador. Pobres bufones, olvidamos que vivimos dramas para divertir a un espectador cuyos aplausos todavía nadie ha oído sobre la tierra... Y si Dios ha inventado a los santos -como pretexto de diálogo- ha sido para aliviar aún más el peso de su aislamiento.
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Comenzamos a saber lo que es la soledad cuando oímos el silencio de las cosas. Comprendemos entonces el secreto sepultado en la piedra y despertado en la planta, el ritmo oculto o visible de la naturaleza entera. El misterio de la soledad reside en el hecho de que para ella no existen criaturas inanimadas. Cada Objeto posee su lenguaje propio que desciframos gracias a silencios inigualables.
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Sin Dios todo es noche y con El hasta la luz se vuelve inútil.
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Cada vez que nuestro cansancio del mundo adopta una forma religiosa, Dios es un mar en el que nos abandonamos para olvidarnos a nosotros mismos. La inmersión en el abismo divino nos salva de la tentación de ser lo que somos. Otras veces le descubrimos como una zona luminosa en el extremo de un retroceso interior, lo cual nos consuela bastante menos, pues encontrándole en nosotros disponemos de El en cierto modo. Tenemos un derecho sobre El, puesto que el asentimiento que le damos no excede de las dimensiones de una ilusión. Dios como un mar y Dios como una zona luminosa alternan en nuestra experiencia de lo divino. En ambos casos el único objetivo es el olvido, el irremediable olvido.
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El destino histórico del hombre consiste en llevar la idea de Dios hasta su final. Habiendo agotado todas las posibilidades de la experiencia divina, ensayado a Dios en todas sus formas, llegaremos fatalmente a la saciedad y al asco, tras lo cual respiraremos libremente. Hay sin embargo en el combate contra un Dios que ha encontrado su último refugio en ciertos repliegues de nuestra alma, un malestar indefinible, malestar originado por nuestro temor a perderle. ¿Cómo alimentarse con sus últimos restos, cómo poder gozar con toda tranquilidad de la libertad consecutiva a su liquidación? ----
La religión es una sonrisa que planea sobre un sin sentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también.
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¡Imposible amar a Dios de otra manera que odiándolo! Si probáramos su inexistencia en un atestado sin precedentes, nada podría nunca suprimir la rabia -mezcla de lucidez y de demencia- de quien necesita a Dios para aplacar su sed de amor y con más frecuencia de odio. ¿Qué es El si no un instante en el umbral de nuestra destrucción? ¿Qué importa que exista o no si a través de El nuestra lucidez y nuestra locura se equilibran y nos calmamos abrazándole con una pasión mortífera?
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¡Esa necesidad de profanar las tumbas, de animar los cementerios en un apocalipsis primaveral! Sólo la vida existe, a pesar del absolutismo de la muerte. Eso es algo que saben los campesinos, ellos que fornican en los cementerios, ofendiendo con sus suspiros el silencio agresivo de la muerte. La voluptuosidad sobre una lápida mortuoria, ¡qué triunfo!
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El único argumento contra la inmortalidad es el aburrimiento. De ahí proceden, de hecho, todas nuestras negaciones.
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La ironía es un ejercicio que revela la falta de seriedad de la existencia. El yo convierte el mundo en nada, pues la ironía sólo proporciona sensaciones de poder cuando todo ha sido abolido. La perspectiva irónica es un subterfugio del delirio de grandeza. Para consolarse de su inexistencia, el yo se transforma en todo. La ironía se vuelve seria cuando se eleva a la visión implacable de la nada. Lo trágico es el estadio último de la ironía.
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Cuanto más leo a los pesimistas, más aprecio la vida. Tras leer a Schopenhauer, reacciono como un novio. Schopenhauer tiene razón cuando afirma que la vida no es más que un sueño.
Pero incurre en una inconsecuencia grave cuando, en lugar de estimular las ilusiones, las desenmascara haciendo creer que existe algo fuera de ellas. ¿Quién podría soportar la vida si fuera real? Siendo un sueño, es una mezcla de encanto y de terror a la cual sucumbimos.
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No creo haber perdido una sola ocasión de estar triste. (Mi vocación de hombre.)
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La conclusión de toda religión: la vida como una pérdida de alma.
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Cuanto más atrevidas son las paradojas sobre Dios, mejor expresan su esencia. Las propias injurias le resultan más familiares que la teología o la meditación filosófica. Dirigidas contra los hombres, serían irremediablemente vulgares o no tendrían consecuencias; el hombre no es en absoluto responsable, dado que su creador es la causa del error y del pecado. La caída de Adán es ante todo un desastre divino. El Creador ha proyectado en el hombre todas sus imperfecciones, su podredumbre y su decrepitud. Nuestra aparición sobre la tierra debería salvar la perfección divina. Lo que en el Todopoderoso era «existencia», infección temporal, caída, se canalizó en el hombre, así Dios ha salvado su nada. Gracias a nosotros, que le servimos de vertedero, El se halla vacío de todo.
...De ahí que cuando injuriamos al cielo, lo hagamos en virtud del derecho de quien lleva una carga ajena. Dios sospecha lo que nos sucede y si envió a su Hijo para que nos quitara de encima una parte de nuestras penas, lo hizo no por compasión, sino por remordimiento.