Menéndez Salmón vuelve al género que le puso en el panorama literario y en el que es un maestro absoluto, el cuento, con una colección de relatos que recorren sus grandes temas y dos décadas de escritura . Durante el viaje a México para asistir al entierro de Charles Mingus junto a su cuarteto de jazz, Peyton despierta de una terrible borrachera con dos que la mujer con la que se ha acostado le ha robado el dinero, el traje y su armónica, y que sus compañeros le han dejado tirado para irse a una playa de Acapulco. Un chico moribundo, encerrado en un vagón de tren junto a otros cuerpos torturados por el hambre y la sed, halla su único consuelo en lo que ve a través de una grieta en la madera. Jaime, obsesionado con las cifras, cree que toda vida puede reducirse a números, incluida la 36 robos, 3 asesinatos, 2 inmuebles, 2 hijos, 1 ex esposa, 1 novia brasileña y 1 Suzuki. Con Los muebles del mundo , Ricardo Menéndez Salmón regresa al género que le abrió las puertas del panorama literario español y en el que es un maestro absoluto, el cuento, con una colección de relatos que abarcan dos décadas de escritura y que recorren algunos de sus grandes temas, tratados con un poso filosófico en la tradición de autores como Borges, Onetti, Kafka o Saramago. «Quiero conservar una imagen que me consuela, pues la considero una representación de nuestra especie, en la que se resumen los poderes y misterios del relato. Es la imagen de un narrador ante el fuego, la de una voz que habla para un auditorio que escucha, la de una antorcha ―la palabra― que se cede de mano en mano», según escribe el propio Menéndez Salmón en la introducción. «Estos veintiún relatos son la prueba de que he querido formar parte de esa longeva, inagotable familia de narradores ante la hoguera. Para que nunca se apague».
Nacido en Gijón, en 1971, es licenciado en Filosofía por la Universidad de Oviedo. Escribe en los diarios ABC, El País y La Nueva España, y en las revistas El Mercurio y Tiempo. Autor de un singular libro de viajes, Asturias para Vera (2010), ha publicado los libros de relatos Los caballos azules (2005) y Gritar (2007), y las novelas La filosofía en invierno (1999 y 2007), Panóptico (2001), Los arrebatados (2003), La noche feroz (2006; Seix Barral, 2011), la denominada Trilogía del mal —que incluye las novelas La ofensa (Seix Barral, 2007), Derrumbe (Seix Barral, 2008) y El corrector (Seix Barral, 2009)— y La luz es más antigua que el amor (Seix Barral, 2010). Saludada con grandes parabienes por la crítica, su obra lo ha convertido en uno de los escritores más prestigiosos en el panorama de la narrativa contemporánea española. Traducida al catalán, francés, italiano, neerlandés y portugués, su obra ha recibido premios como el de la Crítica de Asturias, el de la Crítica de la Feria del Libro de Bilbao, el Casino de Mieres de Novela, el Qwerty de Barcelona Televisión, el Juan Rulfo de Relato, el Llanes de Viajes y el Premio Cálamo «Otra mirada».
Como diría mi amiga Carmen Fernández Santás, fue una serendipia. El mismo día que le escuché en la radio presentando “Los muebles del mundo”, su autoproclamada despedida del cuento, leí a Aramburu en prensa elogiando el primero y lamentando, en consecuencia, la segunda. Tenemos tanto que leer y tan poco que vivir, que cada elección es en sí una pequeña vida, una hipoteca de un tiempo avaro que no condona deudas. Pero cedí a la insistencia del destino y, aparcando otros deberes, me puse con Ricardo Menéndez Salmón, una de mis muchas asignaturas pendientes. Y eso pese a que en el comienzo del prólogo nos golpea afirmando que “el relato como asiento de la escritura ha agotado su sentido”. Con esta bienvenida, confieso que a punto estuve de despedirme, en pleno arranque despechado de cuentista novato. Pero afortunadamente me comí mi amor propio, para bien (como casi siempre que uno evita juzgar sin pleno conocimiento de causa). “La vida no consiste en otra cosa que en esperar algo distinto de lo que hacemos. Y la muerte es lo único con lo que razonablemente podemos contar”. “En ese instante tuve la certeza de que todo hombre es un extraño para sí mismo, y de que la valija de tiempo que transporta en su memoria constituye un abismo insondable”. “Con su rostro hermoso pero ajado, como un objeto bello descubierto en un vertedero, y con su pelo rubio pero apagado, como si alguien hubiera depositado ceniza en sus cabellos”. A veces leo solo por encontrarme una imagen que me sacuda, una metáfora que me vuelva del revés, una asociación que me haga exclamar, incluso hasta un fraseo con la cadencia exacta y las notas justas. Si a eso le sumas un ritmo narrativo que, evitando digresiones absurdas, te emocione tanto como se emocionaban los trece caballos de la compañía hipomóvil del teniente Baumann (“Eternidad”) al oír “La muerte y la doncella”, bingo. Aunque veintiún relatos escritos en veinticinco años dan para mucho, y no todos me han desarmado por igual (me gustan más los que no necesitan un andamiaje excesivamente culturalista, o cosmopolita, que a veces me parecen de un exhibicionismo lindando con la pedantería) he descubierto auténticas joyas del género, como “La vida en llamas” (un prodigio de concisión, sin que le sobre ni le falte nada, incluidos inicio y final), “A nuestros amores” (una vibrante meditación sobre cómo el amor evoluciona a lo largo de la vida), “El terror” (el que en un momento, en mitad de la noche, ve tambalearse su mundo), “Gritar” (una metáfora de la relación de pareja, “más allá de las palabras”), “Las noches de la condesa Bruni” (un cuento redondo, mágico y realista al tiempo, que miente a sabiendas sin parecerlo, como la buena literatura), ”El viejo Dios” (esos amores de juventud…) y, sobre todo, “La grieta”, el último viaje de un judío en un vagón del gueto al campo de exterminio, para mí una de esas historias que justifican por sí solas el tiempo perdido en armarlas y en descargarlas. Acabo suscribiendo a Aramburu: “Me pregunto por qué nos hace esto. ¿Qué le hemos hecho para que nos deje con la miel en los labios? Sugiero montarle una cencerrada ante el portal de su casa a fin de que recapacite”. Qué pena.
Irregular aunque algunos relatos, sobre todo los primeros son excelentes. La brigada de violines y caballos en leningrado o la música de fondo por recordar algunos