En marzo de 1964, un joven Richard Bach decide adquirir un antiguo avión biplano, de 1929. El artefacto no cuenta con radio, es poco confiable, alcanza apenas unos 150 kilómetros por hora de velocidad (que puede variar levemente según tenga el viento de frente o de cola) y tiene una autonomía de vuelo de apenas cinco horas. Con él, para regresar a su casa, deberá atravesar todo Estados Unidos, de este a oeste. Es un viaje de alrededor de 4200 kilómetros, que le demorará aproximadamente una semana, siempre y cuando todo vaya bien y no sufra contratiempos importantes.
Este libro es la historia de ese viaje. Pero, para que se entienda: no es solo el relato de un vuelo, con sus paradas y contingencias. No. La travesía adquiere el formato de un viaje de aprendizaje, durante el cual el aviador deberá aprender a confiar en su compañero inanimado, a entender sus capacidades y limitaciones y qué puede o no esperar de él; a repararlo con sus propias manos si es necesario para poder completar la travesía e, incluso, a pasar las noches a su lado, en una incómoda bolsa de dormir. El viaje se convertirá, muy pronto, en toda una aventura; quizás, para Bach, en la aventura de su vida.
Pero el libro también es más, mucho más, que la historia de un viaje. Mientras atraviesa el país, Bach nos va contando su propia historia y su relación con los aviones, su pasado como aviador militar y civil y numerosas experiencias que marcaron su vida, como aviador y como persona. También reflexiona sobre las diferencias entre volar en la actualidad (la de 1965, se entiende) y los primeros tiempos de la aviación, donde todo estaba mucho menos automatizado y el pilote debía ser muy cuidadoso con lo que hacía, porque le iba la vida en ello. En algún sentido, su experiencia con el biplano es como un viaje en el tiempo, como si él no se encontrara en 1964 sino en 1929, en una época donde realmente pilotar un avión era un arte.
Pero, por sobre todas las cosas, Biplano es un canto de amor a la aviación, al hecho de volar, de atravesar los cielos, desafiando no solo a la gravedad, sino a las fuerzas de la naturaleza. Y Bach logra transmitirnos ese amor con una capacidad que no te deja indifirente. Es poco probable que termines de leerlo sin que desees experimentar alguna vez por vos mismo la experiencia de pilotar un avión o, al menos, de estar en uno. Y no en uno de nuestros aviones modernos, sino de los de antes, en los que una palanca de mando, un par de pedales y tu destreza era todo lo que separaba un vuelo tranquilo de una tragedia.