¿Cuánto amor cabe en una carta que nunca recibirá respuesta?
Es fácil hablar de lo que está, de lo que se ve, de lo que se toca. Pero, ¿cómo contar lo que falta? ¿Cómo construir una novela en torno a un protagonista que no está ahí? Querido Miguel es precisamente eso: un libro sobre la ausencia, sobre las palabras que intentan llenar un vacío y solo consiguen agrandarlo.
Natalia Ginzburg, con esa voz suya que parece inofensiva pero corta hasta el hueso, nos deja entrar en una historia que no es realmente una historia, sino la vida misma desplegándose en cartas, en pequeños episodios narrativos, en silencios más elocuentes que cualquier discurso. Miguel es un joven que ha huido de Roma y de su familia. Sabemos de él por las cartas que le envían su madre, su hermana, una antigua amante. Sabemos poco de su vida errante, de sus ideales, de sus errores. Pero, a medida que leemos, nos damos cuenta de que el verdadero protagonista de este libro no es él, sino aquellos que lo rodean, aquellos que escriben, que esperan respuesta, que se debaten entre la resignación y la esperanza.
Y aquí está el primer golpe maestro de Ginzburg: Querido Miguel es una novela epistolar, pero no al uso. No se limita a la sucesión de cartas; intercala fragmentos narrativos que nos sacan de la perspectiva subjetiva de los remitentes y nos ofrecen una visión más amplia. Es un juego de espejos donde la información nunca es completa, donde cada voz se suma a un retrato que sigue estando incompleto. Este juego de perspectivas evita que las cartas se vuelvan artificiosas o forzadas, algo que podría haber ocurrido si toda la historia se narrara exclusivamente a través de ellas.
Si hay algo que Ginzburg maneja con absoluta maestría es la complejidad de sus personajes. Miguel es un enigma incluso para quienes creen conocerlo. Su vida, vista a través de los demás, parece estar llena de giros y sombras: política, exilio, peligro. ¿Es realmente así, o son los demás quienes proyectan sobre él sus propios miedos y frustraciones? Es fascinante cómo Ginzburg logra que Miguel sea el centro de todo sin estar nunca realmente presente. Su ausencia es el pegamento que une a los otros personajes y, al mismo tiempo, la grieta que los separa.
Lo que más perturba de Querido Miguel no es lo que ocurre, sino lo que no. Las respuestas que nunca llegan. Los silencios que se expanden. En un mundo donde todo se grita, donde cada emoción se exprime al máximo, Ginzburg nos recuerda que el verdadero dolor es discreto. Que la vida sigue, con o sin nosotros. Que las cartas pueden acumularse en un buzón sin que nadie las lea.
El vacío de Miguel pesa más que su presencia. Aquí, las cartas no son solo palabras sobre un papel; son fragmentos de vida que intentan reconstruir la imagen de un hombre que, por elección o destino, permanece ajeno a todo lo que está a su alrededor. Las cartas se acumulan, pero Miguel sigue siendo una sombra, casi un fantasma, moviéndose por Londres o Bruselas, dejando apenas rastros. Y esa ausencia, esa falta de respuesta, es lo que da cuerpo a la novela, creando una atmósfera asfixiante y desesperante, sin un gran misterio, pero con una sensación de incompletitud que no puedes quitarte de la cabeza.
Y qué personajes. Su madre, atrapada entre la angustia y la resignación, aferrándose a la correspondencia como si cada sobre sellado pudiera traer de vuelta a su hijo. Angélica, la hermana que asume el papel de enlace entre los fragmentos dispersos de esta familia rota. Y luego está Mara, la exnovia de Miguel, una maravilla de personaje: caótica, perdida, contradictoria, terriblemente real. No es solo una chica que ha tenido un hijo y no sabe cómo encajarlo en su vida; es el reflejo de una generación entera que busca sin encontrar. Ginzburg la dibuja con una precisión brutal: torpe, dependiente de los demás, incapaz de asumir responsabilidades, pero al mismo tiempo inolvidable en su absurda autenticidad.
El contexto pesa, aunque Ginzburg nunca lo subraya demasiado. La Roma de los años 70 está ahí, con su clima político enrarecido, con sus cambios generacionales, con esa sensación de que todo está a punto de derrumbarse y nadie sabe exactamente cuándo. Es un escenario que influye en los personajes sin convertirse en un ensayo sociopolítico disfrazado de novela. Vemos a Miguel moverse por Londres, por Bélgica, intuímos sus actividades clandestinas, su posible implicación en grupos políticos extremos, su errática huida de algo que nunca se nombra del todo. Y sin embargo, el lector permanece anclado en la casa familiar, en la rutina de los que se quedaron. Miguel vive en el margen del relato, casi en las sombras, mientras que la narración sigue a quienes sufren su ausencia.
Y luego está la prosa, claro. Seca, sin adornos, pero capaz de decirlo todo en una frase. El tipo de escritura que parece simple hasta que intentas imitarla y te das cuenta de que es imposible. Carmen Martín Gaite, en su traducción, consigue trasladar esa naturalidad sin perder la cadencia de Ginzburg, algo que no es poca cosa.
Podría seguir. Podría hablar de la adaptación cinematográfica de Monicelli, que no he visto pero que dicen que capta bien el espíritu de la novela. Podría mencionar el efecto devastador que produce el final, que llega con la misma inevitable melancolía con la que la vida nos arrebata lo que no supimos valorar a tiempo. Pero no lo haré. Mejor dejo que lo descubras por ti mismo.
Verás, no sé tú, pero yo cogí este libro de mi biblioteca para leerlo y me quedé mirándolo un rato antes de abrirlo. Porque supe que me iba a doler. Y sí, lo hace. Pero también me dejó esa rara sensación de haber leído algo honesto, algo que no necesita golpes bajos ni discursos grandilocuentes. Por eso, si decides leer Querido Miguel, ten cuidado. Aparenta ser una novela sencilla, pero cuando menos lo esperes, te va a morder. Porque, al final, lo que realmente cuenta no son las respuestas, sino las preguntas que dejamos atrás. Y esas preguntas, las que nunca encontrarán respuesta, son las que persisten, como el vacío de Miguel.
Querido Miguel, ¿quién te leerá cuando ya no estés? ¿Quién seguirá escribiendo cuando ya no haya nadie al otro lado?