Oliva es un homenaje a la fuerza de una madre. Pero quien llega al final, luego de tantos dolores, entiende que también son un remedio al mal que nos ha traído tantas la incapacidad de vernos en el espejo.
Darle la vida a la propia madre –devolvérsela como cualquier evangelista– es una terapia de choque, pero contarla como la cuenta Oliva, en forma de trama que avanza y avanza hasta llegar al final, es sin duda una invita al lector a tomar nota de lo empinada que puede ser una vida, de lo importante que es no dejarse vencer por los reveses, de lo difícil que puede ser digerir la mala fortuna y de lo exigente que sigue siendo un mundo en el que los viejos sacan a las jóvenes de sus casas con la promesa de darles una paz que nunca llega. Se da la catarsis, o sea la transformación, la purificación, la experiencia aleccionadora, en el encuentro con los dramas atormentados. Y, para renovar nuestro compromiso con la vida, para sanar, la lectura de Oliva nos pone a vivir el maltrato infantil, el abuso de los religiosos, la soledad de las mujeres, el abandono estatal, la guerra que no para, el desplazamiento, las grietas del sistema de salud, la violencia machista y el callejón sin salida de la coca.
Como toda novela de aprendizaje, como toda fábula ejemplar, decía atrás, Oliva es un texto que se dirige a una moraleja. La moraleja, se sabe, es la enseñanza contundente, tajante, que deja una narración literaria. La moraleja no es la cantaleta ni es el sermón que suele mencionarse por ahí, no, porque no cae en estereotipos ni nace en los prejuicios.
Se lee rápido, de un tirón, este empeño de un hijo de ponerse en el lugar de su madre. Se admira cada capítulo porque, en tiempos de ensimismamientos y de narcisismos, cada capítulo invita a recordar que damos las experiencias ajenas por sentadas y vale la pena echarles una mirada a los demás. Se entiende evento por evento que difícilmente va a sobreaguar un país en el que la adolescencia sigue siendo un lujo, en el que solo unos pocos tienen el tiempo para investigarse a sí mismos, en el que el sentido de la vida no es estar en paz, sino sobrevivir. Y se agradece la lectura, al final, porque siempre es importante recordar que son las vidas cortas e invisibles las que merecen ser novelas. Oliva es, en suma, un acto de justicia.