Me encanta el rumbo que está tomando este manga porque en este volumen vemos cómo Kanda conoció a su esposa cuando eran niños y cómo ella fue una gran influencia para un niño solitario que se veía abrumado por la presión de ser el mejor en el piano.
El suegro y la esposa son personas de personalidades cálidas que fungieron como un lugar en el que Kanda podía ser él mismo, sin preocupaciones ni exigencias, y aún ahora, tras la muerte de ella, el suegro lo trata como su hijo querido.
Del mismo modo, Fukumaru se lleva con los gatos que tiene el viejito y es muy bello ver cómo con un poco de amor y cariño, las criaturas (sean humanos o animales) bajan sus muros y se dejan querer.
Me parece enternecedor que haya relaciones así de bonitas, donde todos ven por el bienestar del otro y tienden una mano amiga cuando es necesario. Por muy cursi que suene, creo fervientemente que a veces las personas debemos dejar nuestro caparazón para permitir al amor entrar y así sanar.