Nacer es la primera migración, el exilio compartido por la humanidad entera. A ciertas personas la vida o la violencia las empuja a seguir alejándose del lugar natal. Itinerantes, arrancadas, crisálidas del pasado perdido. A ellas dedica este libro William González Guevara, joven poeta transterrado que grafito los versos de Rubén Darío en las paredes de un barrio de Madrid... Irene Vallejo
William es ya, a pesar de su corta edad, una de las grandes voces de la poesía en castellano, y esta es una realidad rotunda.
No lo es solo por haber ganado, del tirón y en cuestión de meses, tres premios: el Antonio Carvajal con Los nadies; el Francisco Ruiz Udiel con Me duele respirar; y este Hiperión con su Inmigrantes de segunda. Eso ya sería, de por sí, buena prueba de la importancia de su poesía, pero hago esa afirmación con la certeza absoluta de que la poesía de William es poesía de la de verdad, porque él es un poeta de verdad, porque la calidad poética de estos tres libros (por no hablar de la profundidad de las temáticas) es más que evidente.
Se nota (y cuánto) que este joven poeta ha sabido leer, ha sabido escuchar, ha sabido conectar con sus raíces, tanto las latinoamericanas como las españolas, y, en consecuencia, se aleja de ese grueso de “poesía joven” que poco tiene que ver con la tradición, mucho menos con la calidad. Quien escriba sin humildad ni conocimiento escribirá otra cosa, pero no poesía.
En este tercer libro publicado por William volvemos a las claves del primero, de Los nadies. Inmigración, racismo, pobreza, injusticia, clasismo, hipocresía… y, de nuevo, la poesía nace de la propia experiencia del poeta, de sus familiares, de sus conocidos, de un trabajo casi periodístico sobre la problemática que muchos inmigrantes atraviesan cuando se ven en la obligación de abandonar su país y ganarse la vida casi de cualquier forma.
Si la poesía sirve para algo, es, en mi opinión, para otorgarle belleza a lo triste, a lo doloroso, a lo injusto; para nombrar aquello de lo que (casi) nadie quiere hablar; para decir las palabras que muchos no saben, no pueden o no se atreven.
William ha entendido que su voz puede ser la voz de los desfavorecidos, de esas empleadas de hogar que, como su madre, han perdido las huellas dactilares por la acción de la lejía, de sus cuerpos cansados, de sus sueldos miserables, de todo lo que tienen que soportar sus hombros, sus oídos y sus bolsillos. La suerte es que, también, y como ya he dicho, González Guevara es muy buen poeta, por lo que el resultado es un libro más que llega justo donde tiene que llegar, que duele, que escuece, que sacude conciencias.
Qué tres poemarios tiene ya publicados este jovencísimo poeta nicaragüense. Qué recorrido más espectacular le espera.
Lo que más me ha gustado: ser más consciente aún de todo lo que William describe y critica en este libro, sentir cómo se sienten todos esos inmigrantes “de segunda” que tantísimo mérito y valor tienen. También, no puedo evitarlo, me encanta el homenaje a su madre, a todas las madres. Tampoco puedo no mencionar el precioso texto que le dedica en la contracubierta ni más ni menos que Irene Vallejo. Qué maravilla de palabras...
Lo que menos me ha gustado: por decir algo, que los tres libros hayan salido tan seguidos, pero de eso, obviamente, nadie tiene la culpa.
El William és un noi de només 24 anys, nascut a Nicaragua, que viu a Madrid, i el llibre és un recull de poemes sobre la vida dels immigrants que venen a Espanya a treballar, netejant cases, planxant, treballant per la gent de classe alta. És un homenatge a la seva mare, i a les que com ella són immigrants treballadores:
“No hablan de vosotras en la radio, ni en la televisión. Las invisibles, las marginadas, las que vais limpiando escaleras, portales, oficinas. Todas portáis el rostro alicaído de mi santa madre”.
Tenir consciència de classe social. I no només l’hauriem de tenir (i mai oblidar) els qui venim d’un origen humil, sinó els qui han tingut la sort de néixer i créixer en famílies més benestants; perquè la pobresa és una llosa que es porta al néixer, i costa molt viure i sortir-hi:
“Las deudas son la herencia del obrero. Hay quienes heredamos la miseria, No céntricos chalés”.
Llegint els poemes de William González t’adones que el que el salva a ell de la vida pobre i miserable, de les drogues i cases d’apostes, és la literatura:
“Hoy fui el último en abandonar el almacén, las manos doloridas anuncian mi retiro. Me encantaría cambiar de trabajo, siempre he querido ser librero, siempre.”
La literatura (només) no et farà mai ric, però et permetrà portar una vida harmoniosa, més plena, més empàtica.
“El barrio es una nube de sueños apagados”, escriu al començament d’un poema. la literatura és també una manera d’encendre i fer viure els somnis.
Més llibres com aquest, i menys TikToks i Instagrams de realitats adulterades.