Volver a Selma Lagerlöf ha sido un auténtico regalo. Con Charlotte Löwensköld, segunda entrega de la trilogía de los Löwensköld, la autora me ha vuelto a conquistar con una historia que se lee con fluidez, pero deja una huella profunda.
Ambientada en la Suecia del siglo XIX, en Karlstad, la novela retrata una sociedad estricta, marcada por la moral religiosa, las jerarquías sociales y los rígidos códigos de conducta. En medio de todo eso se encuentra Charlotte, una joven que destaca por su vitalidad, su espontaneidad y su sensibilidad. Es un personaje luminoso, complejo y tremendamente humano.
Charlotte lleva años comprometida con Karl-Artur Ekenstedt, un pastor luterano profundamente creyente, íntegro, pero emocionalmente rígido. Su amor por Charlotte parece sincero, pero está mediatizado por una espiritualidad que antepone el sacrificio a la ternura. Su relación, en lugar de fortalecerlos, los desgasta poco a poco.
La aparición de Gustav Schagerström, un viudo rico y amable, introduce un nuevo ángulo: ¿qué pasa cuando se presenta una alternativa más serena, más respetuosa y libre? Su propuesta rompe la balanza y obliga a Charlotte a enfrentarse a una decisión crucial: seguir anclada a un amor que la consume o elegir una vida que tal vez no emocione tanto, pero que ofrece paz y reconocimiento.
Más allá del argumento, lo que realmente destaca en esta novela es la crítica sutil pero constante a los mandatos sociales y religiosos de la época. Lagerlöf expone, sin necesidad de discursos, cómo muchas mujeres eran empujadas a desaparecer dentro de las relaciones, a cumplir con lo que se esperaba de ellas incluso a costa de su propio bienestar emocional. A través de Charlotte, muestra lo que implica sostener una promesa cuando quien tienes al lado no te sostiene a ti.
El estilo narrativo de Selma Lagerlöf es elegante, sereno y lleno de sensibilidad. Su escritura parece sencilla, pero está cargada de intención y de matices. Hay ironía, hay ternura, hay crítica, pero nunca desde la estridencia. Todo está cuidadosamente equilibrado. Y esa capacidad de decir tanto con tan poco es, sin duda, una de sus grandes virtudes.
Charlotte es, además, un personaje inolvidable. Fuerte, vulnerable, impetuosa, leal, a ratos contradictoria, pero siempre auténtica. No es una heroína idealizada: es una mujer real, que duda, que se equivoca, que ama y que busca su lugar en un mundo que no siempre se lo permite.
Charlotte Löwensköld es una novela que se disfruta por su trama, pero que se valora aún más por su profundidad. Una lectura que transporta a otra época, pero que plantea preguntas que siguen resonando hoy: ¿Qué significa amar de verdad? ¿Qué lugar ocupa la libertad dentro de una relación? ¿Hasta qué punto el deber puede anular al deseo?
Ha sido una lectura muy gratificante, y me quedo con muchas ganas de continuar con la tercera parte de esta trilogía. Porque Charlotte no se olvida fácilmente. Porque su historia sigue latiendo incluso después de cerrar el libro.