Amiguitas, esta es la segunda vez que leo esta novela. No la reseñé entonces, porque tenía sentimientos encontrados, y, ahora que la he vuelto a leer, solo puedo reafirmarme en ello. Perdonad la verborrea.
Hay que reconocerle la fuerza, sí, la víscera; pero tengo la sensación de que pierde fuelle por el camino. Es como si la hubiera llamado una señora de la editorial, con prisa y camisilla, diciéndole GABRIELA, HERMANA, NECESITAMOS EL MANUSCRITO PARA MAÑANA O MORIRÁ TU ABUELITA Y WHATSAPP PASARÁ A SER DE PAGO. ¡¿Cómo puedes presentar una novela contemplativa, casi epistolar en doscientas y pico páginas y resolverla en menos de treinta?! Estoy dando piruetas.
La segunda estrella es por el registro. Como usuaria obstinada del anacronismo deliberado, no tengo nada que decir de la imprecisión histórica. Es más, la defiendo. Vosotras y yo, amigas, lo sé. Ahora bien, cuando, en busca de una atmósfera particular, la novela escoge un escenario y un personaje absolutamente geniales, absolutamente barrocos y, sin embargo, hace pasar una sintaxis simplona con demasiados enclíticos por el español áureo de nada más y nada menos que Catalina de Erauso, siendo la prosa barroca tan fértil y deliciosa… Mi mayor decepción. En una obra colorida y sensorial, con un imaginario queer tan poderoso, yo necesitaba ver a Cabezón Cámara romper una lanza por los adjetivos pintorescos y las subordinadas inexplicablemente largas. Y generalizo, pecando de atrevida (y hasta, quizá, de ignorante): ¿qué narrativa es esa, tan carente, anodina, tan poco fantástica con la que, a veces, nos obcecamos? ¿Dónde queda el color, la ebriedad de una sintaxis abigarrada? Una historia así era la oportunidad perfecta y, salvo en algunos pasajes, amigas, no he sabido diferenciar esta novelita de muchas otras, aún recientes.
En fin, ni que yo leyera tanto. No es, en absoluto, una mala novela: solo tenía unas expectativas distintas. Y, como he de ser justa, diré que he apreciado (mucho) ver cómo el amor y el cuidado van transformando a un Antonio avinagrado y hostil. Cómo a la violencia la combate la ternura y todo va diluyéndose en una naturaleza exhuberante.
Os comparto, amiguitas, el bellísimo arranque del primer capítulo y (por fin) me callo ya:
“Soy inocente y tan a imagen y semejanza de Dios como cualquiera, como todos, no obstante haber sido grumete, tendero y soldado, mas antes —antes— niñita en tu falda. “Hija”, “hijita”, llamábasme y aun hoy, creo, ni aun con mis hombros militares ni con mi bigotillo ni con mis callosas manos armadas de espada llamaríasme de modo otro.”