¡Pobre autora, el dolor que debió causarle la creación de esta obra tuvo que ser impresionante!
A pesar de que he nacido con el don innato de ofender, uno de los valores que más he usado en mi vida es el respeto. Quizás lo aprendí forzosamente a usarlo en mis primeros años de vida para evitar problemas, peleas y disgustos, pero después lo empecé a emplear conscientemente porque entendí que era la forma más práctica de ganarme el aprecio de las personas que me rodeaban. Afortunadamente, con mis 29 años de vida puedo asegurar que nunca he tenido enemigos, y que incluso —sin pedirlo— siempre hay personas que me defienden y protegen en situaciones difíciles. Más adelante, comencé a combinar el respeto con la honestidad. Esto me ayudó a obtener una libertad en la que puedo hacer literalmente «lo que se me da la gana» pero sin llegar a afectar a nadie con mis decisiones. Dos valores muy importantes que requiere urgentemente nuestra sociedad, y que para esta ocasión he tenido que emplear para realizar esta reseña. Siempre que inicio un libro empiezo a analizar la prosa, los personajes, la ambientación, y todo lo demás. Sin embargo, aunque aquí hice lo mismo, esta vez tuve que recurrir a no usar mi vocecita exigente e inflexible para tratar este libro. Sería un irrespeto si lo hiciera, teniendo en cuenta que este libro es una dedicación por parte de la autora, a uno de los seres más queridos de su vida: su hijo fallecido.
Primero que nada quiero destacar esa valentía tan impresionante que tuvo esta mujer para escribir este libro. ¡Debió ser súper difícil hacerlo! Entiendo que es una conmemoración, pero se deben tener agallas para transmitir tanta información tan privada de esta difícil vivencia. Narrar la historia de su hijo fallecido, Daniel, sus problemas, sus sueños, sus frustraciones, sus momentos de pánico, su infancia, todo esto debió doler mucho al momento de escribir, y por ello comprendo perfectamente el estilo con el que decidió hacer su obra. Un estilo que es sencillo y fácil de seguir: Pequeños fragmentos. Estos pequeños fragmentos al principio me hicieron pensar que posiblemente la autora había tenido problemas para realizar la transición de las diferentes escenas, por lo que consideré que era la forma más pragmática de solucionar este contratiempo; pero después de ir avanzando, comprendí que cada fragmento pudo haber sido escrito en un día distinto. Quizás ella escribía una pequeña parte, le dolía bastante recordar, se detenía, y en otro momento volvía a hacerlo. Ante la masoquista y cruel, pero también bellísima, decisión de escribir un libro sobre su hijo fallecido, creo que hacerlo como lo hizo Piedad es una decisión más que correcta. Además, este tipo de narración invita a que el lector lea una pequeña parte más, solo una página, luego dos, y así sucesivamente hasta el final de la obra. No es una prosa perfecta, pero posee algo especial: Varía imperceptiblemente según lo que se está narrando. Hay momentos donde la narración parece un libro de investigación, luego se asemeja a un poema, a veces se sienten las palabras vacías, también reprimidas, con dolor, informativas, etc. Dependiendo del suceso el estilo cambia.
La primera parte no me conmovió, debo reconocerlo, creí que todo se trataba de una historia más sobre un suicidio, pero después comencé a sentir mucho dolor en las palabras de la autora, y allí sentí como si me transformara en una clase de amigo íntimo que estuviera dispuesto a consolar a aquel ser, triste y afligido. Es una historia tan personal que fue inevitable no sentir esa cercanía. Sentí la necesidad de escuchar las preocupaciones de los demás, de interesarme por sus dificultades, de ayudarlos, de apoyarlos, etc.
Es un libro que me hace ratificar la importancia de la salud mental en todos nosotros. Día a día nos enfrentamos a un frenético mundo atiborrado de proyectos, problemas, clientes, trabajos, etc., pero realmente nadie se preocupa por nuestra salud mental. Solo se preocupan en caso de que nuestra productividad sea baja, pero de lo contrario, podemos estar muriéndonos por dentro y nadie tendrá compasión de nosotros. Es un estilo de vida cruel, y despiadado, que poco a poco va destruyéndonos por dentro, y que solo nos ofrece dos opciones: O nos aguantamos ese tipo de «esclavitud», o nos exponemos a un futuro incierto y desolador. Todos tenemos un límite, y por precaución, debemos estar muy pendientes de ello: Cuando estallamos nunca sabemos el tipo de decisiones que podremos resultar tomando. Todos estamos expuestos a la infelicidad, al dolor, al fracaso, a la impotencia, a la frustración, y a la posibilidad de un suicidio. Nuestra salud mental debe ser siempre una prioridad, es mucho más importante que tener mil diplomas, decenas de títulos universitarios, o un buen currículo. Nuestra vida vale cien veces más que todo esto.
Obviamente, es una excelente obra para destruir los prejuicios que tenemos en torno al suicidio. Todos los suicidas los «calificamos» como cobardes, pero tal y como expresa la autora, debemos buscar comprender la razón del suicidio. Es fácil juzgar, es fácil criticar, pero debemos tener muy presente que si tuviéramos la misma vida, pasado, y mentalidad, posiblemente tomaríamos una decisión similar que la de aquellas personas. Yo nunca estaré de acuerdo con el suicidio, jamás de los jamases, pero si la persona tomó su decisión y ya partió de este mundo, ¿para qué seguir recalcando todos los errores que cometió aquella persona? Es mejor comprender su vida, sus decisiones, y entender cuáles fueron sus motivos para tomar ese fatídico camino. Los suicidios se deben tomar como enseñanzas para no repetir, pero para hacerlo debemos dejar esa agresividad de criticar todo impulsivamente, sin compasión, ni respeto. Aquí, Piedad, comenta las razones que ella cree que llevaron a su hijo a ese camino sin salida, debemos respetar su trabajo, debemos respetar el duelo ajeno.
Lo más triste, en mi opinión, es ser testigos del cambio que va sufriendo Daniel con el paso de los años. Es muy triste porque me hace recordar que cuando somos niños tenemos una dosis inagotable de energía, y soñamos, y reímos, jugamos, somos dulces, inocentes, tiernos y demás: En resumen, somos encantadores —en cierta medida—. Sin embargo, van pasando los años, y entre más crecemos, más vamos contaminándonos de esta sociedad enfermiza, más vamos perdiendo la esencia de nuestra naturaleza. La belleza de un sentimiento noble, la importancia de saber escuchar, la magia de sonreír desde nuestro corazón, todo, todo esto lo vamos perdiendo y me duele bastante aceptar que esa sea la realidad. Ese cambio de Daniel, su decepción, preocupaciones e incertidumbre por el mañana, puede hacernos identificar a todos nosotros. Muchas actividades las hacemos por obligación, o por alinear con la moda de la sociedad, pero nada de eso nos hace felices. Estamos tan alejados de nuestro yo, de nuestras pasiones, y de nuestros sueños, que ya no sabemos ni qué hacer para sentirnos bien.
Un final completamente conmovedor, me hizo pensar seriamente en lo que tendré que vivir cuando se mueran mis familiares, o lo que ellos tendrán que soportar si yo me voy primero de sus vidas. También me hizo pensar en lo efímera que es nuestra existencia, y en la preocupación excesiva que le damos a nuestros problemas. Vivimos rodeados de cientos de problemas, siempre los tendremos, pero si supiéramos que nos queda poco tiempo de vida, o incluso que este fuese el último día de nuestras vidas, posiblemente dejaríamos de obsesionarnos y procuraríamos disfrutar de nuestros últimos instantes como lo debimos hacer toda la vida. Como bien dice el refrán: Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde. ¿Nosotros sabemos lo que tenemos? ¿Sabemos lo que perderemos y nadie nos devolverá jamás?
En resumen, un libro que debería ser más leído por el argumento tan importante que expone. Es triste, pero muy necesario de ojear porque nos enseña sobre el suicidio, y aunque absolutamente nadie quiere vivir algo así, ni tampoco que alguien cercano como un familiar o amigo cometa este tipo de actos, la verdad es una obra que vale la pena leer para ser conscientes del valor que tiene nuestra vida. Es una obra que vale la pena leer para ser conscientes que aunque poseamos problemas, otras personas pueden estar viviendo situaciones más difíciles. Es una obra que vale la pena leer porque nos hacer ser conscientes que incluso en nuestros momentos más depresivos, podríamos serle de valor a los demás. Libro triste, reitero, pero muy, muy recomendado.