Le roman graphique Ronson est bien plus que la simple nostalgie d’un homme âgé se remémorant son enfance dans un village de l'Espagne franquiste des années 60.
L'histoire est composée d’épisodes qui, même s’ils se succèdent dans un ordre chronologique, ont une structure fragmentaire, à l'image de nos souvenirs. C’est le portrait néo-réaliste d'un lieu, d'une époque et de personnages ruraux hauts en couleur, que l’on peut comparer à certains albums de Paco Roca ou Carlos Gimenez.
Un de ces livres que l'on peut lire et relire, qui ne perd jamais de sa puissance et qui résiste aux tendances et aux modes.
«Ronson» es la crónica de un pueblo, el álbum de recuerdos de un mundo ya extinto, un cómic en el que un narrador cuenta su infancia en una aldea agrícola durante el franquismo. Sin que haya un hilo argumental concreto, este cómic nos trae al presente, de una forma vívida y rica en detalles, cómo era la vida de los más desfavorecidos en una España que nos suena a lejana y remota pero que existió hasta hace muy poco.
A través de los personajes del pueblo, las anécdotas familiares, las leyendas locales… César Sebastián nos hace viajar en el tiempo y hace que nos sintamos envueltos por un mundo perfectamente reconocible y auténtico.
Cualquiera que eche un vistazo, que palpe (o incluso que huela) este cómic, tendrá claro al instante que es un libro hecho con amor: con amor por un dibujo claro, rico en detalles, con una gran capacidad de abstraer al público lector; con amor por las palabras, llenas de melancolía y delicadeza, absolutamente evocadoras; y con amor, desmedido y llamativo, por una edición que es un lujo y que es ya marca de la casa.
Después del ultimo cómic que leí del club, este me parece una obra de arte. Cuenta la vida de un niño en un pueblo de la España franquista, sin omitir ningún tipo de detalle y relatando la vida de la familia del niño y de quienes habitan en el pueblo. Ni nada es tan bueno ni nada es tan malo, pero es cierto que en nuestro recuerdo romantizamos muchas cosas que a día de hoy serían impensables, y esto pasa mucho cuando nuestros mayores nos cuentan sus vivencias de aquella época. Me ha parecido una obra entrañable y cruda por las cosas que pasaban en esa época. Me encanta que tenga el tono de color sepia, pero lo que ya no perdono es que no tengan páginas numeradas. El lomo troquelado le da mucho encanto. De los mejores comics que he leído sin duda
En Ronson, César Sebastián mira atrás para recordar, abandonando el caos actual y regresando al pueblo de la infancia (supongo que la de su padre), la vida en un pueblo español en los años 60, abordando la niñez, las travesuras, la llegada de la televisión y el cine y el despertar de la sexualidad.
Una obra emocionante y cargada de metáforas sobre las vivencias personales y subjetivas que reflejan una generación y un estilo de vida que ya no existen.
La voz omnipresente me lo puso un poco difícil al principio porque no parecía distinguirse mucho de otras voces similares que apelan a las memorias de infancia, pero a medida que se va afianzando el relato de ese pueblo de la Valencia interior y se asienta la visión que no juzga, sino describe la sencillez y la miseria de los sesentas la obra empieza a brillar. La pulcritud del dibujo me parece sublime, que transmite la crepuscularidad de una forma bella y sin necesidad de añadir nada más.
Una mirada al pasado, nostálgica y crítica a la vez. Personajes muy bien recreados (a veces a partir de unos pocos detalles) en un pueblo que es el principal protagonista y está reconstruido con mucho talento.
Con un dibujo limpio, de figuras bien definidas y muy expresivas, y paisajes igualmente exquisitos ( me evocó a Taniguchi), nos cuenta, ocupando el lugar de su padre, un motón de recuerdos, y anécdotas, que dibujan cómo era la vida de pueblo en esa España áspera de los 60. El tono nostálgico que en un principio me mece y me retrotrae al pasado de mis padres, que es también mío, se convierte por momentos en horror, y me reconforta pensar que mis hijos no han vivido así, que eran felices en la ignorancia, pero visto desde fuera y en perspectiva, eran tiempos muy crueles y despiadados, aunque tuvieran puntos válidos. Me gustaría saber si las reflexiones que va soltando son de su propio padre, o son el resultado de darle voz el hijo.
Siendo yo la voz menos autorizada para escribir una crítica de un cómic (he descubierto este mundo recientemente y es el 2°que leo) me aventuro a comentar alguna cosa.
Cuando las personas hablan de la vida en el campo y en los pueblos tienden a idealizarla. A ensalzar la libertad, la tranquilidad, el aire puro, los animales y se olvidan de muchas cosas que están muy presentes y, a mi parecer, de manera muy sutil y elegante en este cómic. Se olvidan del ambiente asfixiante, el trabajo duro, los abusos físicos y psicológicos a niños y mujeres derivados de una mentalidad anclada en la tradición, la represión sexual, el daño de los chismes y un largo etc. Obviamente los pueblos no son ahora como hace 50 o 60 años pero muchos tienen aún el poso de lo que ilustra el autor.
Del dibujo no puedo comentar nada porque mis conocimientos son nulos y no sería justo. Solo decir que me gustó tanto la paleta elegida como los dibujos. Los detalles de la primera parte en el que la ilustración tiene una visión casi más onírica y metafórica lo acompañan bien.
Durante todo el libro, el autor hace una reflexión pausada y profunda de los recuerdos, la memoria y la nostalgia que me ha gustado mucho. Siendo yo una mujer de 37 años criada en una ciudad durante los 90 y los 2000 nada tengo que ver con el protagonista y su historia y sin embargo, he podido empatizar con lo que relata. Se me ha pasado en un suspiro y la he disfrutado. Sobre todo me ha hecho reflexionar en cómo también desde nuestra posición de "jóvenes urbanitas" juzgamos la vida rural sin entender nada en realidad. Entender no significa justificar o pensar que estuviera bien ni mal. Fue así y así nos lo narra el autor.
Sin duda, comienza mi andadura por el mundo del cómic y me hace ilusión saber que me quedan joyas míticas y nuevas por descubrir.
Una de las ediciones más cuidadas y de buen gusto que he visto nunca. Efectivamente, compré el libro por la portada, no obstante, me he sentido atrapada por sus páginas, su estética y su pedacito de historia. Este libro es la versión ilustrada de las anécdotas que cuentan algunos familiares, que ahora rondan los 70 y tantos, y que sorprenden a aquellos que hemos tenido la suerte de vivir épocas más prósperas. He disfrutado mucho leyéndolo, te transporta a esa España franquista, pobre y decadente que nunca vivimos, pero que está presente (aunque cada vez menos) en el imaginario popular. Es un grito mudo por evitar que los recuerdos de aquellos que vivieron esos días pasen al olvido para siempre. Un libro lleno de sensibilidad, crudeza, elegancia, tradición y buen gusto.
Cómic muy entrañable donde el autor nos habla de su humilde infancia en un pueblo de la posguerra civil. Los niños beben leche proveniente del plan Marshall, juegan a perseguir animales, a tirarse piedras o con chavos. Esa pobreza que vivieron nuestros padres pero que tanto estímulo su imaginación y los hizo resistentes a la desgracia. Algunos capítulos como aquel en el que llegan el cine y el primer televisor son geniales y nos transportan a un pasado que hoy parece muy lejano pero que cualquiera puede revisirar acercándose a alguno de estos pueblos que todavía sobreviven sobretodo en las montañas.
Entrañable ejercicio de memorias. Lejos de la nostalgia y la dulcificación de nuestro pasado franquista, difícil será que no te resulte familiar esta compilación de historietas del padre del autor que además dibuja como escribe; sin florituras y con un magnífico realismo.
La edición es un gustazo, sobre todo si eres una flipada de las texturas, como yo. Los bordes de las páginas están recortados (¿troquelados?), lo que le da un toque muy especial al libro.
Sobre la nostalgia y cómo eran los pueblos en la época franquista. Si quieres conocer las cosas que hacían los niños en esta época y lo que les rodeaba, recomiendo leerlo.
A nivel editorial es un 10, apuesta por papel de buen gramaje y un canto dentado bien protegido por sus propias pastas.
A nivel de trama, es áspero, incluso crudo a veces, pero real como la vida misma. Aporta un contexto histórico frío, habla de una España triste, apagada. Tampoco podemos esperar algo distinto ya que relata una infancia en la época franquista.
Quizás no he conseguido empatizar del todo con el protagonista ya que en lo personal no tengo ese contexto de haber crecido en lo rural ni esa brutalidad que a veces parece característica del género masculino y que se retroalimenta cuando están en grupo. Como el propio personaje refleja, la censura y la represión no eliminan la violencia, sino que a veces la intensifican.
Hay un punto muy marcado cuando refleja ese "antes sentía placer en cosas que hoy considero aberrantes". A día de hoy podríamos reflexionar más sobre eso: las cosas que a día de hoy nos horrorizan y que en un pasado eran incluso satisfactorias. Cuántas cosas seguimos permitiendo a día de hoy por no reflexionar a nivel social en cuán monstruosas son.
Creo que tenía otra idea de por dónde tiraría esta novela gráfica. No obstante, la ilustración está muy cuidada y transmite ideas muy claras.
Un gran tebeo de César Sebastián sobre la infancia en la España rural franquista. La nostalgia es un animal muy tramposo al que hay que acercarse con gran cuidado para evitar que nos embauque haciéndonos idealizar algo que poco tenía de ideal. César Sebastián consigue el equilibrio perfecto entre la añoranza de su niñez y la mirada crítica del adulto capaz de discernir la crueldad y las miserias de aquella España rural pobre y atrasada. Hay que leerlo.
Alucinado me he quedado tras leer, de un tirón, Ronson , primera novela gráfica del joven autor César Sebastián. Una mirada al pasado de una madurez sobrecogedora, en forma y contenido; un ejercicio de memoria histórica que no solo es un documento sino una profunda reflexión sobre los recuerdos y su poder transformador. El propio hecho de que el guion esté basado en recuerdos ajenos contribuye a enriquecer el ejercicio metanarrativo, ahondando en la poderosa idea de que la línea entre la realidad que recordamos a menudo está distorsionada por nuestros propios sentimientos y anhelos, al mismo tiempo que el recuerdo que finalmente aceptamos como tal moldea nuestra realidad. El relato ajeno influye a su vez en los recuerdos propios, y entre el hecho objetivo y el registrado en nuestras neuronas se construye algo que es a la vez hecho y constructo. Somos nuestros recuerdos y necesitamos de la memoria para entender no solo el pasado, sino el presente que habitamos. Todo en la obra contribuye a potenciar ese mensaje: la narración a golpe de viñetas que son en sí mismas instantáneas, imágenes congeladas de lugares y personas; el troquelado de las páginas que evoca el antiguo papel fotográfico; los tonos cromáticos... Todos esos detalles formales cementan un retrato de un país que conocemos, que nos han contado, que hemos visto retratado y aunque no lo hayamos vivido podemos reconocernos, a nosotros y a los nuestros, así como los lugares que unos y otros habitamos. El formato de la narrativa gráfica se muestra una vez más un vehículo asombrosamente útil para dar este testimonio: con una maravillosa línea clara y limpia cabalga entre el álbum ilustrado y la concatenación de viñetas para jugar con los tiempos, herramientas que César utiliza para crear un híbrido entre álbum fotográfico, galería de fotografías digitales, diario íntimo y relato costumbrista coral. Un trabajo completo, complejo, y tan profundo como necesario.
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Encuentro bastantes virtudes en esta obra, pero me causa varios problemas al entrar a valorarlo como cómic. Se sirve de los recuerdos y la nostalgia para abordar temas importantes y retratar la realidad de España años ha con bastante encanto. El dibujo es muy pulcro y la paleta de color es extremadamente agradable. Por no hablar de la edición, que es una absoluta delicia. Lo que ocurre es que todo ello no va al servicio de la narrativa, dando lugar a algo que está más cerca de la literatura ilustrada que del cómic. Texto y dibujo van por caminos separados en buena parte y el color, más allá de su valor estético, no tiene ninguna funcionalidad narrativa tampoco.