Conozco (como se conoce a la la gente en redes sociales) a El Yayo de seguirlo desde hace cosa de una década en Twitter (ahora X). Allí leo sus opiniones (con las que rara vez estoy en desacuerdo) pero también los fragmentos de su vida que comparte con la entereza de quien no se esconde.
No sólo he leído sus tweets, sino algunas de las columnas que escribe en La voz de Asturias en las que intercala sus opiniones con la narración de episodios de su juventud en un barrio humilde, de sus vecinos de entonces (muchos de ellos naufragados) y del callejón sin salida del que consiguió salir.
Hace mucho que sé de los problemas que tuvo con el alcohol en el pasado así que, cuando supe que había escrito un libro, obviamente tenía que leerlo.
Es un libro crudo. Bien escrito con un lenguaje sencillo, ameno y fácil de leer... pero crudo. En él desarrolla algunos de los episodios de los que ya le había leído hablar (algunos pasajes tienen ecos claros de las columnas que ha publicado) pero abunda más en ellos y, sobre todo, en él mismo, no en lo que le pasó, sino en lo que aquello significó para él o para lo que él era entonces.
Me ha resultado revelador leerle hablar de la soledad del que bebe, del sentimiento de soledad que le invade pese a que pueda estar rodeado de gente, y de cómo el alcohol acalla esa sensación aunque quien beba esté solo ante la barra y su cerveza. Del alcohol como forma de apagar la sensación de frustración, de fracaso y soledad... algo que todos hemos leído en novelas, en reportajes, pero que El Yayo narra en primera persona, sin ambages ni tapujos.
El libro denuncia también el clasismo y las diferencias sociales en lo que al consumo de drogas se refiere, cómo las clases altas son canallitas que pasan un bache mientras que las clases bajas son potenciales delincuentes a los que la Policía se acerca a pedir que vacíen los bolsillos, cómo las clases altas tienen la posibilidad de pagar por ser desintoxicados mientras las clases bajas se encuentran desatendidas o expuestas al proselitismo religioso a cambio de atención, cómo las clases altas pueden tirar de contactos para dejar atrás el bache mientras que para las clases bajas ese bache es un estigma.
Si algo tuviera que criticar al libro, no sería mucho, apenas un par de cosas: La primera, que su estructura me ha parecido algo caótica; no porque no sea cronológica, sino porque no siempre he visto un hilo argumental claro. La segunda, que cuando menciona y critica (con toda razón) la permisividad del alcohol en nuestra sociedad, echo en falta algunos números, estadísticas (no opiniones) que muestren claramente la gravedad del problema que supone.
Pero son apuntes menores frente a un libro que, sin duda, no ha sido escrito para aportar datos, sino que pretende mostrar el infierno del alcohol descrito desde dentro, el daño que puede hacer a la persona narrado por la persona que ha sufrido ese daño. El libro son los pasajes dolorosos, la sensación de vergüenza, de pérdida y vacío... pero también de triunfo al dejar todo eso atrás.
Y es que el libro remonta al final, no porque esté mejor escrito, sino porque narra la salida de lo que el alcohol supuso para el escritor, la sensación de dejar atrás algo negativo pero, sobre todo, la sensación de alegría por lo logrado, de plenitud por algo tan aparentemente simple como es vivir la vida de forma consciente y plena, del disfrute de una película, de un paseo, de una conversación... sin la distorsión de ver la vida a través del culo de un vaso.
El optimismo con el que el libro acaba es todo un subidón que se queda como poso en el lector.