LA GUERRA EN UNA MALETA
Todo, en la vida de Némirovsky, parece destinado a un juego del azar, porque su producción literaria, de una enorme calidad, indiscutible, estaba condenada, una y otra vez, por las circunstancias históricas primero, por las editoriales después, a convertirse en una autora ascensor, es decir, que subió a los altares de la gloria literaria y del mercado, que se precipitó al abismo, para retornar, más de sesenta años después, con mayor fuerza si cabe.
El 13 de julio de 1942 es detenida por la Gendarmería, internada en el campo de tránsito de Pithiviers el día 16. Tan sólo un día después, formando parte del convoy número 6, es deportada a Auschwitz. André Sabatier, editor literario de Albin, intenta solucionar el drama con una carta dirigida a J. Benoist-Méchin, secretario de Estado de la Vicepresidencia del Consejo: es una novelista de enorme talento, argumenta para rogar por la salvación. Sin embargo, el resultado es inútil, los franceses, sometidos a una implacable ley administrativa alemana, no reaccionan.
El asunto Auschwitz merece una especial atención a la hora de evaluar la reentrada de Némirovsky en el panorama literario del siglo XXI: en mi opinión, este ha sido el elemento clave. La recuperación de una autora que cierra su biografía con la palabra Auschwitz no podía pasar desapercibida para una industria que, en particular durante todo el trecho que llevamos del siglo XXI, ha reinterpretado el Holocausto, y cualquier suceso que tenga que ver con la Segunda Guerra Mundial o el nazismo, como un elemento sumamente atractivo que se traduce en ventas y dinero. Esta concepción del Holocausto, más concretamente de Auschwitz como un parque temático o un imaginario de quienes nunca estuvieron allí tiene múltiples culpables (y sería algo a tener muy en cuenta el plantearse estudiar el campo y su representación en el Arte, Literatura y Cine, desde esta perspectiva, como la re-invención de un nuevo imaginario, totalmente ficticio muchas veces).
Dentro de esos culpables, sin duda, dos de los principales son los escritores William Styron, con La decisión de Sophie (1979) y Thomas Keneally, con su Arca de Schindler (1982). Son novelas, ambas, refrendadas con populares películas que han construido ese pastiche hollywoodiense que es Auschwitz en el imaginario del espectador globalizado del siglo XXI. Poner en el disparadero de ventas a una autora que murió allí, es una oportunidad comercial difícilmente rechazable. Más aún si la novela, para mayor suerte, trata de la Segunda Guerra Mundial, el tema de moda más absoluto durante el primer tramo del siglo XXI. Es todo un jackpot.
La figura de Némirovsky se agiganta desde esas premisas y supera así los errores, o los prejuicios, que llevaron a que fuera olvidada. La editorial nos sirve un aspecto de ella, como gancho comercial, terriblemente mentiroso, y cruel, pero que cuadra con el tópico de Hollywood y, al menos, redime a la autora: asesinada en Auschwitz, tal y como pone en todas y cada una de las contraportadas de sus libros. Es cierto, pero técnicamente inexacto. Irène no fue gaseada, como ese asesinada parece sugerir: la cinematográfica cámara de gas vende más que el tifus, y con ello no quiero decir que no sea igualmente execrable el crimen, pero la autora no murió producto de una ejecución indiscriminada, como su marido, o tras una paliza, y sin embargo la imagen que se quiere dar desde la editorial, porque es la imagen de un innegable resultado comercial, es esa; cabe reflexionar aquí sobre cuánta gente tiene en su cabeza, de nuevo ese imaginario falso de quienes nunca estuvieron allí, la muerte de Anna Frank en una cámara de gas y fue, de nuevo, el tifus, una enfermedad que no resta ni un ápice de dramatismo, sufrimiento e indignidad a los sucesos de ambas. Irène, además, era una judía convertida al catolicismo, que no tenía nada que ver, ni el menor punto de conexión, con muchas de las circunstancias de millones de judíos de la Europa Oriental –esos que se nos ofrecen, sistemáticamente, como un artefacto comercial-. La autora debe su recuperación, en parte, a semejante estrategia sin escrúpulos que ofrece una imagen inexacta de ella, demostrándose que, al final, el canon atiende a aspectos políticos, comerciales, de cualquier ámbito, menos al verdaderamente importante: el de calidad literaria. Con ello se desprecia, además, a quienes se interesan por conocer las verdaderas causas y sucesos del Holocausto, y van más allá de la visión espielbergiana del asunto.
La obra de Irène Némirovsky, tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, parece haber desaparecido por completo, como si la autora jamás hubiera existido, tragada por la Noche y Niebla del nazismo, tal y como se llamaba el decreto promulgado por Hitler. ¿Qué ocurre, desde entonces, para que actualmente vivamos un boom de la novelista? La clave de ello radica en su obra inacabada, curiosamente, en Suite francesa. Élisabeth y Denise Epstein, las hijas del matrimonio, llevaron consigo una maleta que pertenecía a su madre, repleta de documentos, apuntes, y en la que se encontraba el manuscrito de Suite francesa. Era un cuaderno de letra abigarrada y minúscula, en pésimo papel y con una tinta aguada, que durmió durante años en aquella maleta. Hasta que un día, una de las hijas, convertida en directora literaria, decidió entregar el legado de su madre al Institut Mémoire de l´Edition Contemparaine. Con una lupa, Suite francesa fue mecanografiada, después pasada a ordenador y, finalmente, ordenada en su estado actual. La hija se sorprendió, pues esperaba que aquello se tratase de un diario de los últimos días, y era la obra maestra de su madre. Publicada, al fin, obtendrá en 2004 el premio Renaudot, por vez primera otorgado a un escritor fallecido, las críticas serán unánimes en las publicaciones de mayor prestigio, las traducciones alcanzarán los treinta idiomas y venderá más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Su éxito en España no fue menor: Libro del Año 2005 por los libreros de Madrid, y la edición de la editorial Salamandra que alcanza la número 18, según datos de mayo de 2010.
En la novela de Némirovsky, sus protagonistas, porque es una novela coral, tienen un deseo permanente de huida, de escapar del París convertido, por la inminente invasión nazi, en una especie de tela de araña urbana. La ciudad que nos enseña Némirovsky es un reflejo de todo el país, una ciudad de espacios privados, de pisos, de interiores, de cobardías. Esos interiores son recargados, barrocos y delicados, generalmente pertenecen a una clase burguesa alta o a una nobleza decadente, miedosa e insolidaria, preocupada de su propio y exclusivo bienestar. Son pisos repletos de japonerías, de porcelanas, de jarroncillos, de pequeñas piezas de arte que hay que salvar, toda una cacharrería que parece salida de A rebours de Huysmans, y que se va a poner a los pies del elefante de las divisiones acorazadas nazis, que van a pulverizarla. Las casas de vecindad, las ventanas, que poco a poco se irán apagando, abandonados los salones por una población que huye en desbandada, son la imagen de un París que se cierne, maligno, sobre sus habitantes: la ciudad extiende un halo maléfico, peligroso, y cuando interviene en la vida de los personajes, provoca desgracias; cuando no, la muerte.
La ciudad de París es una ciudad de silencios, del silencio de la desbandada. En los barrios, en las calles, sólo se escucha el eco que resuena de los últimos rezagados que oyen los partes de la guerra en sus radios y los cerrojos de las puertas: Las calles estaban desiertas. Los comerciantes echaban los cierres de las tiendas. En el silencio, sólo se oía el ruido metálico, ese sonido que con tanta fuerza resuena en los oídos, las mañanas de sublevación o guerra en las ciudades amenazadas.
La imagen típica y bucólica de París, del París primaveral, salta en añicos ante la inminente tragedia que se avecina: De vez en cuando, en el umbral de alguna casa del bulevar Delessert se veía aparecer un gesticulante grupo de mujeres, ancianos y niños que se esforzaban, con calma al principio, febrilmente después y con un nerviosismo frenético al final, en hacer entrar familias y equipajes en un Renault, en un turismo, en un cabriolé. No se veía una sola ventana iluminada. Empezaban a salir las estrellas, estrellas de primavera, con destellos plateados. París tenía su olor más dulce, un olor a castaños en flor y gasolina, con gotas de polvo que crujen entre los dientes como granos de pimienta. En las sombras, el peligro se agrandaba. La angustia flotaba en el aire, en el silencio.
El mismo ritual que cuando se acudía al campo de vacaciones, el cabriolé con el que se daban los paseos, las maletas colocadas de la misma manera… pero ahora, ante ellos, ante los que huían, se extendía el panorama del terror, bien diferente, extraño e incomprensible de un París amenazado y amenazante. La ciudad experimenta un desnudamiento del alma ante el pánico, un desnudo semejante al de los personajes: La caridad cristiana, la mansedumbre de los siglos de civilización se le caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto su alma, árida y desnuda. ¿Nos habla Némirovsky de sus personajes, de la ciudad, o de toda Francia? De todos, porque París se proyecta en los personajes y los personajes se reflejan en ella. La insolidaridad, las traiciones, el intento de salvarse a costa de lo que sea, no es más que un rasgo oculto, latente, de los urbanitas, que ahora florece ante el desastre y que, en el resto de la novela, en el retrato de los habitantes del campo, de los pueblos, no será tan acusado.
La crueldad de la situación, lo injusto de la Historia, se ve reflejada en la historia de la porcelana, que ha resistido los avatares de la huida, el viaje en cajas, la amenaza de los bombarderos, y el regreso de nuevo a París, y que se quiebra a manos de la portera: La señora Logre, que por fin había acabado el despacho y la biblioteca, volvió al salón para desenchufar la aspiradora. Al hacerlo, el mango del aparato golpeó la mesa sobre la que descansaba la Venus del espejo. La portera ahogó un grito al ver cómo la estatuilla se estampaba contra el parquet. Venus se hizo añicos la cabeza. La ciudad se venga, no acepta que los huidos, los que la dejaron abandonada a su suerte, ahora regresen mansamente. La Venus se ha reventado, pero poco le importará ya eso a Charlie Langelet. Él, como su porcelana, también ha pasado por mucho sufrimiento en el éxodo, hasta poder regresar de nuevo a París. Ha salido de casa porque se merece un buen restaurante, una buena cena como recompensa a sus sufrimientos, pero la niebla, repentina, se ha cernido sobre la ciudad. París ha elegido su venganza. En una curva junto al Sena, donde la visibilidad es menor, un automóvil atropella a Langelet. El alerón del coche le dio de lleno en la cabeza y le destrozó el cráneo.
Como sucede con la Venus de porcelana, la ciudad se ha vengado en Langelet, rompiéndole la cabeza. París ha decidido actuar en la novela, rabiosa, enfadada por el destino que le espera, el de una ocupación humillante y dolorosa. ¿Ha sido París o ha sido la autora? El valor de la obra es indiscutible, como lo es, también, la incomodidad que pudieron sentir los franceses con un texto tan crítico. ¿Qué me hace este país? Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida, se quejaba su autora, y eso decidió hacer, literariamente hablando. Más adelante, también es sus notas, manifestaba: Todo lo que se hace en Francia en cierta clase social desde hace unos años no tiene más que un móvil: el miedo; y en un apunte de 1942: Quieren hacernos creer que vivimos en una época comunitaria en la que el individuo debe perecer para que la sociedad viva, y no queremos ver que es la sociedad la que perece para que vivan los tiranos.
Una obra maestra inacabada, deliciosamente escrita, con ira y dolor contenidos, de una novelista excepcional y reveladora, que recupera el estilo de Dostoievski y Tolstoi y apuesta por la novela de grandes personajes y grandes tramas.