Fue en el viejo apartamento de la calle 61 cuando tuve mi primer acercamiento con el mundo del manga, del cómic, del gekiga y de la novela gráfica. Ventajas de tener como roomie a un destacado guionista y editor de ese tipo de literatura. Pero incluso con esa cercanía, mi relación con este tipo de literatura siempre fue tangencial, cuando no nula: la respetaba como arte, pero no era lo mío. En los últimos años he venido cambiando eso, abriéndome a la experiencia de leer y ver al mismo tiempo, y en esa apertura literaria me recomendaron este libro, un compilado de historias cortas que salieron en serie durante algunos años.
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Es un gekiga sobre la historia del surgimiento del gekiga. Es, en ese sentido, un "comic documental" que narra la vida de tres jóvenes mangaka que, en el Japón de posguerra, quieren revolucionar el manga haciéndolo más adulto, más dramático y de mayor calidad, intentando sacarlo de su nicho infantil y de mediocres tiendas de alquiler de revistas de comic: Tatsumi, Saitô y el mismo Matsumoto fueron los generadores de tal revolución, de dar un salto equivalente a (y acá me perdonaran los expertos si estoy cometiendo algún sacrilegio) pasar del cómic a la novela gráfica, un salto que no solo cambiaría al manga sino al imaginario de cultura japonesa. ¡Nada mal para tres jóvenes mangaka sin un peso en los bolsillos!
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Leerlo es una delicia, tanto por el guión, dramático, divertido y realista, sin intentar convertir en héroes a sus protagonistas, como por los gráficos, enfocados en mostrar la cotidianidad (un charco, un puteadero, un vendedor de helados, una calle atestada al medio día) de la Osaka de los 50, un paisaje que se debatia entre la tradición rural nipona, las ruinas de la guerra y la modernidad Occidental.
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Si creen que en la actualidad es difícil vivir del arte, imaginen lo que debió haber sido intentar hacerlo siendo un jovencito en el Japón de posguerra, con sus ciudades todavía devastadas y lejos del "milagro económico" de los 60. Pues eso fue precisamente lo que le tocó hacer a este escritor y dibujante de Osaka, amante del manga en una época en la que ese estilo era considerado infantil, barato y mediocre, al punto de querer prohibirse.
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Pero eso era lo que a él le gustaba, hacer manga, pero no del estilo tradicional, en efecto algo mediocre e infantilizado —como el mismo Matsumoto lo reconocía— ni recurriendo al clichesudo mundo de las geishas y los samurais que inundaban los libros y revistas de comic japonés. Él quería que leer manga fuera para el lector (y para el mangaka) una experiencia cercana a ir al cine, tanto en su estética cómo en su narrativa, un manga dramático y realista. ¡Y lo hizo! Matsumoto, junto con Tatsumi y Saitô, reinventaron el manga convirtiéndolo en gekiga y, en gran medida (dicen los expertos) lo salvaron de una "muerte" segura.
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Murió en Tokio un 14 de febrero, pocos días antes de que se publicara su último libro, "La chica de los cigarrillos". Durante su funeral, cada uno de los asistentes recibió una copia. Su obra fue su despedida, y yo creo que eso es hermoso.