De dónde venimos y dónde nos quedamos, quiénes nos precedieron y a quiénes precederemos, cómo pensamos los afectos —y cómo los llevamos de la teoría a la práctica—, todo cuanto hay en ello de ideológico. Estos rumbos, más el tiempo y el lugar, más los espacios en los que la vida ocurre, atraviesan Corrige los nombres.
En varios sentidos, con varias por aquí pasa el tiempo que avanza o se detiene e incluso que mira atrás, según, y con él la conciencia de la muerte, la fragilidad y el envejecimiento. También en estos poemas se sitúa el tiempo en su circularidad, con la importancia de las estaciones —el tiempo en el paisaje, en la sensación— y su desajuste, y se habla del presente, con él las incertidumbres, los miedos, los conflictos.
Y atraviesan Corrige los nombres el territorio, los detalles físicos y vitales que forjan la personas, plantas, árboles, animales, construcciones, máquinas. Estos poemas se emplazan, se sitú no quieren oponerse a su propio paisaje, sino formar parte de él. Nos brindan el gozo del lenguaje, de su torsión y sus hallazgos; una celebración sencilla y pura —frontal— de las posibilidades del idioma. Fruela Fernández ha escrito un libro que recibiríamos como oscuro —y lo es, en buena medida—, pero en el que importan la aceptación y la esperanza, con una extraña luz. Un libro que retoma la emoción política de su poemario anterior, La familia socialista, y desde ahí busca, se pregunta, responde, ensancha.
Fruela Fernández es un poeta español en lengua castellana. Licenciado por la Universidad de Salamanca, es doctor en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada con una tesis sobre crítica literaria y literatura traducida en España.
Un poemario que no tiene intención si no de escribir por escribir, una poesía banal que no tiene nombre ni sentimientos propios, lo que no permite conectar con la autora. Para escribir poesía se necesita intención y no para caer en la moda de sentirse bohemio.