Shan intenta ser una novela épica, espiritual y política, pero a mí me pareció más cercana a una película de acción que a una reflexión profunda. Y eso, personalmente, me desconectó. No disfruto los géneros que se apoyan en el espectáculo, y esta historia está llena de escenas que parecen escritas para el cine: combates coreografiados, sacrificios melodramáticos, poderes casi sobrenaturales.
La trama tiene elementos interesantes —el espionaje, los dobles agentes, el conflicto entre tradición oriental y ambición occidental— pero se diluyen entre giros exagerados y personajes que actúan más como símbolos que como personas. Me costó empatizar, y aunque reconozco el esfuerzo por construir un universo complejo, sentí que la forma se impuso sobre el fondo.
Lo que más rescato es el uso del wei qi como metáfora estratégica, y algunos momentos donde el espionaje se siente real, sin glamour. Pero en general, la novela me dejó con la sensación de que quería decir mucho, pero lo hizo con fuegos artificiales en lugar de con profundidad.