Uno de esos libros que te atraviesan. Una novela que me cautivó por completo y que, sin exagerar, se ha convertido en uno de los mejores libros que he leído.
Francia es el nombre que esta mujer trans elige para nombrarse, para existir en el mundo. Nació en Colombia, creció en la intemperie, pasó su adolescencia en el Cartucho ese infierno humano de Bogotá donde la vida se vuelve supervivencia pura, y más tarde cruzó el océano para prostituirse en Francia. Su historia podría reducirse a un titular brutal, pero Nancy Huston hace justo lo contrario: la expande, la complejiza, la dignifica.
Resulta asombroso cómo una escritora canadiense-francesa logra una lectura tan profunda, tan afinada y tan respetuosa de Colombia. A través de Francia recorremos la geografía del país, sus violencias históricas, sus desigualdades, sus heridas abiertas. Su madre es wayúu; su padre, un hombre del Pacífico, violento, abusador, perdido en el alcohol. Francia nace coja por un error médico en el parto y crece en una familia atravesada por la pobreza y el maltrato. Desde el inicio, su cuerpo carga las marcas del abandono.
Y aun así, o quizá por eso, Francia piensa siempre en los otros. En cada servicio calcula cuánto le alcanzará para enviar dinero a su familia, cómo mejorarles un poco la vida, aunque la suya parezca irremediablemente rota. Su pasado está hecho trizas; su presente también. Pero hay en ella una ética del cuidado que conmueve.
El libro también se detiene en los clientes: hombres que no buscan solo sexo, sino algo más difuso y doloroso. Soledad, ternura, poder, consuelo. Huston entiende que detrás de cada cuerpo hay una historia, y no se limita a juzgar: observa, escucha, escribe.
Mientras lees, te descubres queriendo abrazar a Francia, consolarla, ofrecerle algo de ese afecto que el mundo le ha negado. Francia no da tregua: es una lectura intensa, absorbente, que no permite pausas largas porque cada página empuja a la siguiente.
Un libro feroz y profundamente humano. Una historia que duele, pero que también te hace sonreír. Cuando lo terminas, te quedas sin palabras… y con la certeza de haber acompañado una vida que no se olvida fácilmente.