En esta novela, escribir y contar historias se presenta como un acto poderoso de resistencia.
Inspirarse en personajes como Irene Nemirovsky, una escritora de origen Ucraniano que a pesar de las dificultades que enfrentó, incluyendo su captura y trágico fallecimiento en Auschwitz en 1942, su legado perdura. Su novela póstuma, Suite Francesa, fue descubierta por casualidad por sus hijas y publicada por primera vez a poco más de 60 años de su muerte.
Por otro lado, Etty Hillesum, prisionera de campos de concentración, escribió su testimonio desde su llegada en 1941 hasta su muerte en 1943. Sus diarios y cartas de Westerbork se publicaron el 1ro de octubre de 1981 y fueron un éxito literario por su decisión voluntaria de deportarse en solidaridad con otros judíos perseguidos. Y por último, Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente de cuatro campos de concentración, encontró mayor significado a la vida a pesar de las adversidades y la pérdida de su familia, llevándolo a fundar la Logoterapia y el Análisis Existencial.
Estos tres personajes dan vida a Claudette (Etty) Weil, una escritora famosa que se convierte en prisionera de los campos de concentración y debe dejarlo todo atrás, todo menos al personaje que la impulsa a escribir: Aurélie.
Al llegar a los campos, Etty, asustada como todos, se siente responsable de una desgracia y decide cuidar a Danielle, una niña de 14 años. Pastelito, Macarrón y Galletita protagonizan esta historia en la que el don de servir es su mayor tesoro. Con ese afán de resistir y ese cariño nacido en la adversidad, darán consuelo a cientos de mujeres que, en silencio, escuchan las historias que Etty le cuenta a sus amigas para distraerlas.
Y como toda historia de la Segunda Guerra Mundial, “La joven que escribía historias de amor en Auschwitz” presenta escenas profundamente conmovedoras que obligan al lector a confrontar la capacidad de la humanidad para la depravación y la pérdida de la humanidad.