La vida se detiene un viernes de mayo en Lyon, el aire se hace denso y los minutos se estiran hasta doler. Estoy en el pasillo junto a uno de los estudiantes, escuchando la fiesta, el murmullo de los amigos, el desdén alegre de la juventud que todavía cree ser indestructible, y de repente el mundo se rompe. La explosión arranca risas, cuerpos y certezas, y quedo suspendida en el silencio que sigue, cada página me obliga a escuchar los latidos de quienes ya no están.
Camino entre los escombros con los diferentes narradores, sus voces me atraviesan, me llevan a sus recuerdos, a sus pérdidas, a la manera en que cada uno intenta recomponerse sin renunciar a vivir. Siento el peso del vacío, pero también la fuerza de la memoria que se aferra a lo hermoso, a lo que permanece incluso cuando todo se ha ido: una guitarra, una maleta, un teléfono que no suena, un gesto que nadie recordará, y aun así cada detalle me habla, me toca, me habita.
Vivir con ellos estas horas, estas semanas, estos años, me recuerda que la belleza sobrevive en los lugares más inesperados. Que los amigos, los sitios donde fuimos felices, los objetos que nos consuelan, las redes invisibles que nos sostienen, son lo que nos queda cuando el mundo se desploma. Que incluso en la pérdida hay luz, y que la tristeza puede ser blanca, limpia, como un destello que quema y consuela a la vez.
Sigo sus pasos, sus recuerdos, sus silencios, y aprendo que la vida se abre paso siempre, aunque haya desaparecido para siempre lo que creíamos seguro. Que cada segundo cuenta, que la memoria selecciona y transforma, que la juventud se pierde y se recupera en la conciencia de lo que fue y de lo que queda.
Rewind me deja vacía y plena, con el corazón abierto, con la certeza de que la vida se sostiene en la belleza que elegimos guardar y en el valor de seguir, aun cuando el mundo nos ha arrancado lo que más amábamos. Cierro la novela y aún siento la calle de Lyon bajo mis pies, la música apagada, la risa interrumpida, la respiración de quienes aprendieron a vivir de nuevo. Y me llevo conmigo la luz que surge de la tristeza, la claridad que queda después de todo, el milagro de seguir sintiendo en medio del desastre.