Un thriller histórico que relata las operaciones, torturas y traiciones de los policías «caza rojos» en el seno del PCE.
A pesar del parte oficial de la victoria franquista, la guerra siguió en España después de 1939 con otras formas, otros frentes y otros protagonistas. Sin embargo, las esperanzas de un vuelco histórico de la mano de los aliados se esfumaron tras el final de la segunda guerra mundial. Con el comienzo de la Guerra Fría, la dictadura redobló su represión de la oposición en general y del maquis en particular. Esta guerra antipartisana vivió un episodio decisivo en 1947, cuando varios dirigentes comunistas se pusieron al servicio de la policía y entregaron la estructura clandestina del partido con consecuencias más de 2.000 detenidos, 46 condenados a muerte y un total de 1.744 años de prisión para los supervivientes. La organización fue deshecha y solo quedaron grupos aislados y desmoralizados, encabezados por jóvenes inexpertos o veteranos quemados. Para algunos de los policías intervinientes, como Roberto Conesa, el éxito esmaltó un currículum que se proyectó hasta los primeros compases de la democracia. Esta lucha desigual entre policías y activistas, entre víctimas y victimarios, dejó un disperso rastro documental que, con paciencia, rigor y cuajo, reconstruye el historiador Fernando Hernández Sánchez. Transmutados en infiltrados, traidores y confidentes, estos falsos camaradas hicieron posible que, en una década, la resistencia antifranquista quedase reducida a las cárceles, replegada en el exilio, aislada en los montes o sepultada en los cementerios.
Mediados de los años 40. El hambre y el miedo atenazan a la sombría España de posguerra. En el caserón de la Puerta del Sol de Madrid que acoge las dependencias de la infausta Dirección General de Seguridad, aplicada a la caza y captura de los enemigos de la dictadura de Franco, encontramos personajes que parecen "salidos de un film expresionista alemán de los años 30".
Brutos como Saturnino Yagüe, calvo como una bola de billar que exhibe unas increíbles charreteras con galones dorados. Psicópatas puros como el famoso Campanero, tan capaz de azotar con un látigo a los estudiantes que tortura como de invitarlos al Metropolitano para ver un partido juntos. Golpeadores como el boxeador aficionado Gilabert que convierte cada sesión en un grotesco partido de frontón con las cabezas de los detenidos. Y hombres sin nombre como el llamado Chico Malo, cuyo apodo le sirve de elocuente tarjeta de presentación.
Al frente de esta manada feroz que aguarda cada nueva remesa de detenidos como una jauría hambrienta se halla un hombre menudo y frugal, de tez cetrina y vivaces ojos, que supervisa los interrogatorios mientras remueve con una cucharilla un vaso de agua con bicarbonato para calmar su pertinaz acidez. ¿Su nombre? Roberto Conesa.
"Fue un maestro de la infiltración. Un maestro artesanal que se decía enamorado de su profesión, policía durante más de tres décadas, tan capaz de entender el lenguaje y la psicología del enemigo como de, no sólo infiltrase en sus filas, sino también conseguir que los de dentro se dieran la vuelta y comenzaran a trabajar para él traicionando a los suyos", cuenta el historiador español Fernando Hernández Sánchez (Madrid, 1961), profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de un libro que se disfruta como la mejor novela negra y que transcurre en el aciago año de 1947, cuando los comunistas españoles en la clandestinidad fueron borrados del mapa a golpe de delaciones, cárcel y penas de muerte: Falsos camaradas: un episodio de la guerra antipartisana en España.