El cadáver del pescador Justo Castelo aparece varado en la orilla del humilde pueblo de Panxón. Al principio se asume que ha sido un suicidio, Castelo era un hombre callado y taciturno, superviviente de un naufragio y exheroinómano, uno de tantos hijos del mar que decide poner fin a sus días entregándose al medio que le ha permitido subsistir. Sin embargo, ciertas anomalías en la autopsia, así como el silencio supersticioso que guardan sus vecinos, hacen sospechar al inspector Leo Caldas de algo distinto, más complejo.
Este es el disparo de salida del segundo caso del inspector vigués Leo Caldas, el patrullero de las ondas, una novela mucho más ambiciosa que su primera parte que me reafirma al decir que Domingo Villar ha sido una pérdida injusta e irreparable para todos los amantes de la novela negra. Como en toda buena secuela, Villar recoge todo lo que funcionaba de su primera parte y lo amplia y mejora. Conocemos más de la vida de Caldas, ahondamos en sus relaciones familiares, las existentes y las rotas, y en sus frustraciones personales. El mejor desarrollo del protagonista se nota la eliminación de los típicos clichés del género: su amargura silenciosa inicial es sustituida por una circunspección lacónica mucho más creíble por gallega -en serio, esta novela es MUY gallega-, ni rastro del jazz, gracias a Dios, su fracaso matrimonial no se insinúa tan traumático, sino que obedece a motivos más pedestres, y en absoluto se nos muestra como un rebelde en el cuerpo, sino como un profesional competente. Su compañero, Estévez, sigue sin entender la retranca gallega y aporta el toque de humor a la historia. Eso sí, el maño es gracioso solo en papel, a nadie le gustaría saber que el cuerpo deja la correa tan larga con un policía que saca la mano a pasear a la primera de cambio. Si Estévez es cómico es gracias a la sencillez con que escribe Villar.
Y es que esa es la mejor definición del estilo de este autor gallego: su sencillez. La trama es sencilla pero no simple, el caso es interesante en todo momento y su misterio nos va a tener enganchados hasta el final, pues no deja de enredarse conforme se va ahondando en él. Lo lógico en una historia detectivesca, vaya. Sus personajes son sencillos, humanos, con sus aciertos y sus miserias, y sus investigadores no tienen arrebatos holmesianos; las epifanías, que las hay, demuestran lo que ya sabrán todos los amantes del true crime: que los casos se resuelven por detalles a priori triviales y gracias a la buena memoria de los detectives, sin más. La atmosfera de las rías bajas está cuidada al detalle, al igual que el retrato que se hace del moribundo negocio de la pesca de bajura, que aún mantiene parte de su mística ancestral.
Si como yo vivís en tierras de secano donde en verano la temperatura no baja de los 35 grados, el mejor bálsamo es un caso del inspector Leo Caldas. Ahora solo me queda un libro suyo, el más largo, y tendré que decir adiós a Domingo Villar.