La guerra es asquerosa, y la de Charley es, sin la menor duda, la más asquerosa de la historia de las viñetas. Gracias, Pat Mills, por crear el cómic más antibélico posible, el cómic para acabar con todos los cómics de guerra. Es maravilloso saber que hubo gente que se negó a participar en la más inmoral de las actividades humanas gracias a haber leído las páginas de este tebeo. Y también es bueno saber que, tantos años después, Mills sigue siendo el viejo activista idealista que siempre fue. Ojalá existiera un equivalente americano de esta gran historia (lo de Joe Sacco son más bien reportajes en viñetas), pero el tibio The 'Nam de la good old Marvel no se acerca ni por asomo a este verdadero compendio de los horrores que es La guerra de Charley. Por supuesto, los excelentes dibujos de Joe Culquhoun reflejan a la perfección todo lo que Mills pretende mostrar, con un escalofriante realismo que nos transporta directamente al infierno plagado de ratas de las trincheras o a los repugnantes páramos repletos de cadáveres de la Tierra de Nadie. Las ejecuciones a sangre fría están a la orden del día, y la deserción no se presenta como un crimen odioso, sino como una opción perfectamente cuerda ante la insania en la que muchachos perfectamente inocentes se ven inmersos sin comérselo ni bebérselo, engañados por propagandistas sin escrúpulos y mercaderes de muerte. En definitiva, La guerra de Charley no es solo un cómic excelente: es un cómic necesario.