Con mucha frecuencia se simplifica la historia de Batman afirmando que antes de Frank Miller (década de los 80), la mayoría de sus comics eran desechables. Se matiza -también con frecuencia- un poco esta afirmación recordando las etapas de Dennis O'Neil y Neal Adams a comienzos de los 70, y de Steve Engleahart y Marshall Rogers en Detective Comics (fines de los 70), como excepciones a la regla e intentos loables de devolver al hombre murciélago la oscuridad con la que fue creado, pero que, al final, no dieron muchos frutos. Aunque mucho de esto es cierto (basta recordar que a comienzos de los 80 -y como ha confidenciado Mark Waid-, los comics de Batman estaban tan en decadencia que los editores de DC barajaron la posibilidad de darle superpoderes), no deja de ser una simplificación. Y este tomo es prueba de ello.
Acá hay puras leyendas. La historia que da título al tomo, publicada en 1980, tiene el mérito de ser una de las primeras miniseries de los comics de superhéroes, además de intentar relatar detalles del pasado de Batman que -increíblemente-, no habían sido tratados en más de cuatro décadas. ¿Qué ocurrió luego de la muerte de sus padres? ¿Quién lo cuidó? ¿Cuál fue el destino de su asesino? Es interesante constatar cómo mucho de lo que el legendario Lein Wein detalla acá, hoy ha desaparecido del canon del murciélago. Por ejemplo, se nos dice que Bruce Wayne fue cuidado, antes de Alfred, por la madre del asesino de sus padres, Joe Chill, o que la inspiración original para adoptar el traje de murciélago fue un disfraz usado por su padre, Thomas (Grant Morrison, en su etapa en Batman, sacará todo el provecho posible a ese disfraz). Y entre lo más disparatado, es que se nos cuenta que Bruce Wayne antes de Batman ¡probó usar el traje de Robin! Por suerte esa idea ha caído en el olvido. Todo está dibujado de un modo impecable por J. Byrne y, sobre todo, por Jim Aparo, quien con su trazo limpio y cuerpos espigados marcó toda una época, y prueba que sus mejores momentos están entre las cimas del arte del comic.
Hay también una historia de 1981, escrita por Alan Brennert y dibujada por otro héroe, Dick Giordano, en la que queda claro que la influencia del Batman más infantil de los 50 y 60 seguía en pie. Vemos a Batman y Robin realizar un viaje en el tiempo para encontrarse con sus dobles de una realidad paralela y enfrentar la encrucijada de si evitar o no el asesinato de los Waynes. La historia no es en sí memorable, pero siempre vale la pena revisar el dibujo de Giordano.
Otra de las historias, ya de 1990, "El hombre que cae", escrita por O'Neill y dibujada por el mismo Giordano, sirve, como contraparte, para detectar la indudable influencia de Frank Miller tanto en el tono como el dibujo. Compárese el trazo de Giordano en 1981, con el de 1990, donde evidentemente intenta imitar el estilo sucio y de primeros planos de Miller (véase la página 2). El propio O'Neill deja ver el influjo de Miller construyendo una breve historia sobre los años de aprendizaje de Batman (muy inspirada en "Year One"), que puede leerse como complemento de su notable "Shaman" (1989, dibujo de E. Hannigan), para "Legends of the Dark Knght".
Cierra el tomo, una pequeña reelaboración de la primera historia de Batman, a cargo de Brad Meltzer ("Identity Crisis", 2004), y Bryan Hitch. Ambos reconstruyen con respeto y eficacia la célebre "The case of the chemical syndicate", escrita por Bob Kane y Bill Finger en 1939, y la hacen coincidir con el origen del Joker. La historia cumple, si bien hay que admitir que el trabajo de Hitch a ratos parecen sólo bosquejos.
Dejo para el final la clásica "No hay esperanzas en el callejón del crimen", una mini historia de 1976 escrita por O'Neil y dibujada por Giordano, una historia totalmente avanzada a su época, y una de mis favorotas de todos los tiempos. Batman -se nos cuenta-, desaparece durante una noche cada año sin que ni siquiera Alfred sepa hacia donde va. Pronto se nos cuenta que va a reunirse, en el sitio donde asesinaron a sus padres, con Leslie Thompkins, que lo acogió tras la tragedia. Pocas veces se ha visto (sobre todo para 1976), a un Batman tan torturado, tan abatido, abriéndose paso hacia el callejón, sólo para besar en la frente a Thompkins a modo de agradecimiento por lo que hizo por él en el pasado. Es un compromiso tácito entre ambos, un código de honor, en fin: lo que hace que Batman sea Batman. Genio Dennis O'Neil por escribir algo así en esa época.