“Canta, oh, diosa, nuestra alegría desesperada, canta nuestro resentimiento y nuestra resistencia”
“Porque yo no estoy aquí para hablar del «compañero devoto», ni «del más querido entre los soldados», yo estoy aquí para reventar los eufemismos, para hablar del amante insaciable.”
Menuda obra que hay metida en medio de tan pocas páginas.
Se notaba la influencia de Madeline Miller, de cuyos libros no soy fan, pero Alberto Conejero se ha lucido.
“No estoy aquí para contar la guerra de Troya / Ésta es la historia de mi carne, / allí donde coincidieron la muerte y el amor / Y si esta noche os la cuento / es porque con las palabras / intento llenar el hueco de una ausencia, / pero, claro, las palabras sólo la hacen más grande.”
“¿qué hay después del último canto? Cincuenta mil ataúdes de zinc. ¿Qué hay después del último canto? Alguien que busca entre los escombros a alguien, alguien llora ante una lápida y repite un nombre. ¿Qué hay después del último canto? Alguien que espera detrás de una alambrada con una maleta y las cuatro cosas que pudo salvar. Eso no lo cuentan, pero el corazón de las epopeyas está lleno de gusanos. Porque cuando cae el primer muerto, ¿quién se salva? cuando se destruye la primera biblioteca, ¿quién se salva?, cuando se arroja una bomba porque así terminará todo, ¿quién se salva?”
“Hay quien dice que fueron las moscas y los cuervos / quienes escribieron los versos de esta historia; / porque son los primeros en tocar los cuerpos / que acaban de convertirse en cadáveres:
«Cantad, oh, cuervos, la cólera de» / (No dice el nombre. Su boca es un boquete.)
«cantad, oh, moscas, la cólera de» / (No dice el nombre. Su boca es un boquete.)
Y luego la cantaron muchos soldados heridos, desesperados, / antes de ser ahorcados o fusilados, y luego enterrados / y olvidados / Y asi, canto a canto, lengua a lengua, / sangre a sangre, la historia que guarda mi historia / se convirtió en algo que compartir al fuego / como se comparte el pan o se entrega el cuerpo.”
“no hay monstruo más horrible que un héroe de guerra.”
“Y aquí es Patroclo y es Homero, y es el primer actor que cantó esta historia, subido en un tablado improvisado, y el primero que se puso una máscara, y el primer soldado que la leyó bajo la luz de un quinqué aterrado en una trinchera.”
“Estamos tan dentro de un río de sangre que es mejor cruzarlo que intentar volver.”
“Porque en el campamento nadie habla del miedo pero es lo que todos nos llevamos, todos, a la boca.”
“¿Y quién dirá qué fuimos / antes de la guerra, qué fuimos antes de Troya, / qué fuimos antes de poner un pie / en la arenosa orilla de la Historia? / Nadie / ¡Quién dirá que hubo una estación sin sangre, b un verano para Aquiles y Patroclo?; ¿quién dirá / que fuimos alguna vez felices / antes del canto I de la Ilíada? / Nadie.”
“La primera vez que te vi entraste en mi pecho como una lanza,”
“quiero que se enmudezcan todas las bocas que cantan las gestas y que se oxiden las espadas, que se arruinen los trofeos y caigan las estatuas; quiero que la faz de la tierra se quede limpia de templos, de epopeyas; quiero, oh, soberbia del enamorado, una gran hecatombe en la que se queme el recuerdo de todos los héroes. Y entonces, Aquiles, mira qué ridículo, nos desposaríamos, con mil ángeles extraviados; centauros y amazonas, ménades, gigantes y gorgonas y todas las estirpes de los raros tendrían un sitio de honor en nuestro banquete. Y nuestras bodas durarían doce días y doce noches. ¿Te imaginas? No tengo envidia de los inmortales. Porque sé que todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa. Por eso desde que te conocí, Aquiles, intento llenar de eternidad lo que es efimero.”
“no puedes estar enamorado / y tener miedo al ridículo / No puedes estar enamorado / y temer la humillación.”
“si alguien en el tiempo futuro encuentra mi tumba y la abre, que vea cómo todavía humea mi sudario.”
“ya no teníamos palabras en las bocas sino sonidos, y yo pensaba que así debían hablar los dioses, con un jadeo o un rumor, y a veces ponías tu boca en mi boca y respirabas como quien quiere apagar un inmenso incendio, y luego movías la lengua como se mueven las constelaciones en el cielo; y frente al fuego nuestros cuerpos arrojaban sombras por todas las paredes de la cueva, como pinturas fugaces, aquí, y allí, y allí, y yo no quería que se deshiciera nunca ese nudo vivo, y metía los dedos dentro de tu boca como quien hurga en un panal de miel, y los sacaba oliendo a tu aliento, mitad hombre y mitad dios, como es siempre un amante; y al terminar nos quedábamos tumbados el uno sobre el otro, algo más vivos y algo más muertos. Éramos en ese monte los primeros y los últimos habitantes del mundo, y éramos lobo y cordero, carne y lanza, Urano y Afrodita, destructores de ejércitos, e imaginábamos que el futuro sería de otro modo, que habría patrias en las que los héroes nacionales serían maricas y llorarían abrazados a los caballos caídos, o matrias gobernadas por amazonas, sin himnos, sin escudos, sin lanzas, sin guerras.”
“te pido que aparezcas y que celebremos con los muchachos que se visten de novia en la oscuridad del ropero y con la camarada de Safo en los disturbios, esposada y sangrando en el vagón de la policía;”
“«Un troyano nos roba lo que nos pertenece» / «Un troyano se lleva a Helena de Esparta» / «Ese príncipe, Paris, traiciona a Menelao, / seduce a su mujer, huésped en su casa. / Botín de Afrodita, la esconde en el barco / cruzan el mar vinoso y hacia Troya se escapan / ¿Por la fuerza la toma? No, pero qué importa / Ella es de su esposo, su esposo es griego y basta» / Exigen «honor», «patria», exigen la «venganza», / y a cada grito, otro, y otro, y ya sólo fuimos... grito. / Troya, de anchas murallas, Troya, con sus riquezas, / qué bien nos diste, Helena, excusa para arrasarla.”
“El recuerdo de un cuerpo / es siempre la ausencia de ese cuerpo.”
“¿Qué sentiste, tú, Aquiles, cuando no fuiste tú / sino una muchacha con mejillas rosadas?; / ¿qué sentiste vestido con suaves adornos / girando con dulzura, tan lejos de la espada? / ¿Sentiste felicidad, sentiste vergüenza? / ¿Era más arrojado ser guerrero o muchacha? / Los griegos te descubren. Te arrancan los vestidos / Te cortan los cabellos. Te ponen la coraza / En el puerto de Esciros, la muchacha que fuiste, / convertida en fantasma, te despide entre lagrimas / En las oscuras grutas del mar tu madre llora / porque la profecía va siguiendo su marcha / Y tú, Aquiles, sonríes, porque estoy a tu lado, / me prometes que juntos volveremos a casa...”
“Como la madre que espera al hijo en la madrugada / porque ya tenía que haber regresado / y suena el teléfono de repente; / como el esposo que aguarda en un pasillo de hospital / y en los ojos del cirujano comprende la desgracia; / como el padre que busca entre las olas / un milagro pero recibe un cuerpo, así tú, Aquiles, / viste aparecer al mensajero”
“al amanecer cuando estamos de risas alguien cuenta otra vez ese chiste que ya nadie entiende, el de «están fusilando soldados para subirles la moral a sus compañeros» y reímos hasta llorar y brindamos
con los 23 000 soldados de la Wehrmacht asesinados por no asesinar;
con la muchacha de rosados dedos que se cortó las manos para no fabricar más obuses;
con el muchacho que gritó «paz» ante el batallón de fusilamiento;
con los que contravinieron las órdenes y salvaron los cuadros y los retablos;
con los soldados italianos que se inyectaron gasolina por no ir al frente;
con el divino Siegfried Lenz, que desertó del frente oriental antes que fusilar a un compañero;
con la anciana que escondió en su desván al enemigo y le llamaba «hijo»;
con el comandante de ojos vivos que se adentró en el bosque para no lanzar napalm;
con los franceses ajusticiados por no pisar senderos de gloria
y que cantan la canción de Craonne eternamente;
con Claude Eatherly, que suplicó la muerte por sobrevolar Hiroshima;
con Petya, que murió en una cárcel de Moscú sin haber pegado un solo tiro;
con Albert Ingham y Alfred Longshaw, parecidos a los dioses,
que antes de la guerra trabajaban juntos en los raíles,
y alli se enamoraron.
juntos vieron el horror en el frente de Somme,
y juntos desertaron
y juntos fueron fusilados
en el amanecer del 1 de diciembre de 1916.
¡Por todos, salud!”
“No te quedan gritos, no te quedan lágrimas, / no te quedan maldiciones ni súplicas, / no te quedan palabras, / no te queda nada excepto mi muerte.”
“mientras yo viva tu tumba estará dentro de mí.”
“Quizá alguno de vosotros / conoce parte de esta historia / porque hace muchos siglos que empezó / y todavía no ha acabado.”
“Lo único que deseo, Aquiles, es que nos dejen a solas.”
“Cuando el poeta dice «no habrá segunda Troya» es porque la primera sigue ardiendo. Da igual con qué nombre. Nunca se ha apagado ese fuego porque siempre hay alguien que reclama «gloria», «honor» o «patria», o aparece un iluminado que promete la vida eterna después del sacrificio, pero al final, al final, siempre hay una barca que se lleva un cuerpo frío lejos de la madre, o que aparta al amigo del amigo, o que separa para siempre a los amantes... y al final, al final, siempre está el principio, la carne que estuvo viva y amó y ahora es un cadáver repitiendo esta vieja historia, la que cantaron los cuervos y las moscas, la que luego cantaron muchos soldados heridos, desesperados, antes de ser ahorcados, fusilados y enterrados por los siglos de los siglos, y luego ese viejo ciego, Homero, abrió la boca y dijo: «Canta, oh, diosa, la cólera de / canta, oh, diosa la cólera de».”