Me dijeron que con este libro lloraba la gente, y obvio que no lloré y que eso de llorar con los libros me parece una exageración o directamente una mentira. Al principio el libro me pareció muy normal, y que por ende toda la fama era una exageración también. Pero para ser fiel a la verdad, debo decir que el libro me fue ganando con el tiempo. Quizás mi corazón escéptico es una roca en la playa al que el agua va erosionando de a poco, no sé. Horror como suena eso. Pero el libro fue insistiendo e insistiendo y al final sí me hizo pensar en mi mamá y mi papá y en mí como un mal hijo y en que quizás el sur parece una gran opción para irse a vivir. Sí me emocionó.
Al comienzo el libro me pareció un poco, cómo decirlo, ¿fetichista? en su campitud. Y el viento sopla y los pájaros cantan y la playa y el mar y los hombres que lanzan sus redes como cada mañana y el caballo que corre y relincha y los bosques y el amanecer. Y obvio que la gente se iba a llamar Arsenio y Florencio y que casi faltaba un Mamerto en el montón. Y sí, entendí que en el sur se cuentan muchas historias y que parece que cuando uno pone un pie ahí, se acuerda al tiro del diablo y los queltehues y lo que dice la gente, que siempre dice algo. Creo que hay algo efectista en eso, algo forzado y muy directo, pero quizás me parece eso porque estoy completamente ajeno al tema y el escenario.
Además, me hubiera gustado que el libro hablara de algo más, algo más profundo que la magia del sur y la magia de las historias. Creo que busqué ciertos temas, alguna cosa que me hiciera conversar por mucho rato y hacerme sentir más inteligente porque el libro habla de, no sé, la violencia y los roles de género. A decir verdad creo que no había mucho más, o que eso extra que me gusta era medio superficial u obvio.
Y si bien al comienzo eso de conectar todos los cuentos me pareció choro, después el chiste se me pudrió rápido y pensé: para qué. Para qué explotarlo todo. Pero después igual me hizo gracia, perdón lo contradictorio, porque el libro de cuentos se convierte en una especie de novela contada a coro. La historia de una ciudad y de, cómo dice el título, la muerte paseándose entre las personas, hasta el punto de volver los textos un poco sobrenaturales. Pero sobrenatural desde lo interesante, no desde la típica sabiduría del campo o del sur y lo folclórico que no me apeló tanto. Hay gente que cambia de tiempo, de roles, muertes caprichosas y algo del destino buscando a las personas que se le escapan.
Pero he aquí lo importante. Incluso con todas esas sospechas, incluso con la decepción inicial, el libro me ganó y me emocionó. Incluso a mí.
Me acordé de Cortázar, diciendo que lo que hace el cuento es devolvernos al mundo un poco cambiados. Y bueno: culpable. Con todas todas las cosas que dije, el libro me pegó y me devolvió al mundo pensando, no en la literatura, no en grandes ideas que me hicieran hacer sentir más inteligente, sino que me devolvió pensando en mi vida. En mi familia, en mi ciudad. Y ahora pienso: qué importa todo el resto cuando el libro me hizo pensar en mí. Aunque quizás se dio a la coincidencia de que yo también, como el último protagonista, me siento un mal hijo.