No sé muy bien qué pensar de este libro. Cuando comencé a leerlo, pensé que iba a hablar sobre algo relacionado con la feminidad (los dones para la hechicería transmitidos por vía materna a las hijas, cómo cada generación de mujeres asume ese saber con distinto talante, etc). Luego me encontré, de manera nada desagradable, con una historia en que cada personaje parece ajeno por completo a los demás, encerrado cada uno en designios no solo egoístas sino un tanto disparatados. La prosa de Marie Ndiaye es prolija y bastante sensorial a ratos, nada que objetar por ahí. El problema es que a partir de determinado momento ya no se sabe hacia dónde se dirige la historia ni qué la mueve. Hay tramas que avanzan de A a B por un camino más o menos claro (camino que percibes aunque sea al llegar a su fin), y hay otras historias que consisten más bien en la presentación de una serie de escenas o peripecias concatenadas, con un fin generalmente abrupto. No soy en absoluto contraria a estas últimas, siempre y cuando me dejen, al acabar, la sensación de que me han mostrado todo lo que tenían que mostrarme. La última página de La hechicera, sin embargo, me ha dejado con un «¿ya?» que de inmediato se ha convertido en indiferencia. Ni zozobra, ni anhelo, ni mucho menos satisfacción. Na de na. Lo mismo se me escapa algo, pero en este caso no logro ni lamentarlo.